Editores sin editoriales

Gracias a la red, el libro digital no depende de costes de distribución e impresión. La ofimática ha hecho fácil la maquetación y otras tareas elementales que antes estaban más o menos fuera del control del creador. Es bastante fácil que el autor adquiera la suficiente destreza con su editor de texto como para producir un documento en condiciones legibles, aunque no le dé el nivel de acabado que le daría un buen profesional. Además, también puede vender el libro y recibir los beneficios de forma directa sin excesivos quebraderos de cabeza. Cabe pensar que, en el futuro, el papel de la editorial tradicional —bastante más que el del creador— tenga que replantearse, y que los editores —los productores de música, etcétera— deban convencer de nuevo a los creadores de por qué los necesitan.

Las funciones del editor: seleccionar, perfeccionar, comunicar

Hay varios aspectos de la producción de una obra para los que un autor puede desear la colaboración de un editor:

  1. Prestigio añadido.

    Igual que el creador selecciona ideas y palabras para conferir un estilo identificable que contribuya al reconocimiento de su obra, el editor, como seleccionador, contribuye a la difusión del libro ofreciendo su criterio personal como garantía para los que confían en él en cuanto a distinguir obras de mérito del ruido de fondo. El lector podría hojear —gratis, como siempre ha sido— todos los libros de la librería buscando los que se ajustan a un criterio, o podría leer decenas de reseñas hasta alcanzar una decisión; pero, salvo que tenga mucho tiempo libre, no puede hojear libros durante horas y no tiene garantías de que los comentarios sean fiables. El editor-seleccionador se pone al servicio del lector proponiéndole una serie de lecturas que siguen un criterio unificado, de modo que el lector para el que el criterio de ese editor sea prestigioso puede aceptar cada propuesta con garantías, tanto si se trata de un autor consagrado como de un novel desconocido.

  2. Destreza comunicativa.

    El editor es un habitante del medio, mientras que el autor es, por lo general, un habitante del sustrato. En consecuencia, un editor competente debería poseer un nivel alto específico en las habilidades necesarias para la transmisión del mensaje del productor al receptor. En el pasado —en la época dorada del teatro y de la transmisión oral— era común que los autores desarrollaran ambas habilidades. Autores de hoy que realizan otras actividades, como el periodismo, adquieren también esa destreza, pero para la mayoría no supone un objetivo prioritario ni un motivo de dedicación especial. El autor suele estar atado por el compromiso de expresar su idea original; el editor puede optimizar la «calidad de la señal» de forma más objetiva y aportarle al autor herramientas potentes para mejorar la usabilidad de su energía creativa.

  3. Promoción

    Como habitante del medio, el editor debe tener alguna capacidad propia para promocionar su selección de obras y tiene que trabajar de forma activa para garantizarles la suficiente visibilidad. Para el autor es una tarea complicada trabajar en su obra y en la promoción a la vez, es decir, manteniendo al mismo tiempo la actitud crítica hacia su obra que necesita para mantener un buen nivel y la actitud positiva que necesita para venderla.

  4. Conocimientos y medios técnicos.

    Es esperable que el editor tenga mejores conocimientos técnicos sobre la preparación y transmisión de la obra que el autor promedio. Además, puede ordenar los recursos necesarios para hacerlo y reutilizarlos de modo que el proceso sea más eficiente. Incluso restringiendo la distribución al medio digital, sigue siendo imprescindible elegir bien las tipografías, la maquetación o el arte gráfico.

El editor digital empresarial y el editor digital independiente

Algunas de las tareas listadas arriba no son rentables sin una financiación estable. El editor empresarial obtiene una parte de los beneficios de cada producto, lo que lo compromete con su éxito o fracaso. Esto es bueno y malo desde el punto de vista del autor, pues sabe que el editor comparte su interés en el buen resultado del libro, pero le obliga a ceder a su «socio» una parte importante del control sobre el mismo. El editor empresarial, al tener más control sobre la producción, puede movilizar más medios y personal, algo muy importante en el indomable medio digital, pero requiere una estructura más pesada e intrincada, un punto débil en un nicho tan voluble. Cuando nos referimos a un editor digital independiente, en cambio, podemos estar ante alguien que no obtiene ninguna comisión por la venta del libro: a costa de reducir su compromiso en parte de las tareas listadas, el editor digital independiente puede centrarse en actuar como seleccionador —de cara al lector— y asesor —de cara al autor—, disponer para sí de medios de financiación alternativos, como los servicios profesionales añadidos, la publicidad o las donaciones, y permitir al autor conservar todo el control sobre su obra.

En un sentido estricto, cualquiera con los conocimientos técnicos y literarios necesarios, y voluntad de leer manuscritos, puede convertirse en un editor digital independiente. De hecho, las redes sociales y algunos blogs de actualidad son, de forma simplicada, un ejemplo de la existencia de editores-usuarios. En la red hay gente con un criterio más o menos carismático para seleccionar contenidos que es altamente valorado por los lectores y que se rentabiliza sin necesidad de intervenir en los beneficios de los autores. El sistema es trasladable a un «editor sin editorial», cuya labor sea rescatar esos textos valiosos del mar de fondo de la red, darles un valor añadido, comprometiendo en ellos su propio criterio, y comunicar su existencia al público; hay que remarcar que un contenido no es accesible si, aunque cualquiera pueda acceder a él, alguien que podría desear obtenerlo no lo hace porque tendría que realizar un esfuerzo de indagación prohibitivo para tener conocimiento de su existencia.

La clave es el valor añadido

Leer es algo más que llevar el significado de unas palabras de un soporte al cerebro. Todo el que ha sentido alguna vez preferencia por el libro impreso, el tacto del papel, el aroma, la forma de captar la iluminación, la materialidad de la imagen y los matices de la tinta, sabe consciente o inconscientemente acerca de la importancia del valor añadido en la lectura. No se puede decir que la transmisión del contenido de un libro se ha logrado con éxito si han fallado todos los valores añadidos, porque un libro, de ficción o de no ficción, que no ha supuesto una experiencia es en esencia intrascendente. La labor fundamental del editor es darle al libro una «imagen» que lo convierta con más facilidad en una experiencia especial, una que merezca realmente la atención del lector.

01/04/2008   2 comentarios
  1. jcantero
    26/05/2008 - 23:19, Id.

    Buen artículo Fran. Yo también veo a los editores como consultores. Desde ese punto de vista el autor hace "outsourcing" de las tareas que no quiere o no sabe acometer, pero no haciendo socio al editor, sino convirtiéndolo en un proveedor de servicios, que cobraría sus honorarios en base a un presupuesto previamente pactado.

  2. Fran Ontanaya
    26/05/2008 - 23:50, Id.

    Claro. Lo ideal es que el libro resulte de una asociación de talentos profesionales y no de un mecanismo corporativo.

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