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Este ha sido un mes movido en Boing Boing. Boing Boing es un blog de varios autores (entre ellos el autor de ciencia ficción Cory Doctorow) sobre rarezas y curiosidades de cultura popular mezcladas con denuncias contra la censura, ciertos abusos de gobiernos del Primer Mundo, la policía y algunas empresas. Aunque suele publicar enlaces a recursos externos más que análisis propios, a lo largo del tiempo, sobre todo por su capacidad de movilizar opiniones gracias a su gran número de lectores, se granjeó una imagen de referencia contra los usos arbitrarios del poder.

El lío empezó porque, hará cosa de un año, una antigua personalidad del mundillo cayó en desgracia para el resto de autores del blog y, de forma retroactiva, se «despublicaron» las menciones a ella. En el momento en el que alguien notó la ausencia de los artículos, la blogosfera reaccionó enseguida con diversas opiniones, las más críticas señalando el conflicto de imagen y las menos el derecho de los autores a hacer lo que quieran con su blog.

Hace un par de años hubo otro caso parecido con otro blog de variedades: Microsiervos. Durante mucho tiempo, participaron en el movimiento contra la publicidad de pago en los blogs, incluso mostrando el búho que hacía de mascota, lo cual les atrajo muchas simpatías. Un día, sin embargo, cambiaron de idea y explicaron la entrada de anunciantes diciendo que se trataba de un «experimento». También aquella vez las opiniones se polarizaron y muchos se sintieron decepcionados pensando que el blog-militante se había convertido en un blog-negocio.

Todos los medios de comunicación que sobrepasan un cierto tamaño, independientemente de su origen, se enfrentan siempre a ese punto crítico. Cuando el público ha asimilado tu imagen y la ha convertido en una marca despersonalizada, en el fondo está siguiendo la marca y no a ti. Por consiguiente, todo lo que hagas fuera de la línea es en potencia una agresión contra los seguidores que, a cambio de tu fidelidad a la marca, habían desactivado su sentido de la crítica.

A diferencia de lo que sucede con los medios de comunicación establecidos, los que crean sus propias marcas no tienen por qué considerarlas más grandes que ellos mismos. Por eso, la rapidez que se puede tener en apuntarse a una actitud popular contra las acciones de terceros no es un buen indicador de lo metódico y sistemático que se va a ser para reconocer en uno mismo los casos a los que atañe esa actitud; como tampoco lo es de que, cuando se reconozcan, se les vaya a conceder la misma maldad que se les atribuía en los demás.

El punto crítico para cualquiera que se haya ganado con sus opiniones la atención de las masas es aquel en el que la convicción de estar en el lugar correcto «desconecta» los mecanismos de autocrítica y deja al autor incapaz de reaccionar en contra de sus propias acciones instintivas o, al menos, de exponer su cambio de actitud sin tratar de esconderlo o atenuarlo de algún modo.

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