
El comercio digital amenaza a las pequeñas librerías. Amazon aplica grandes descuentos a sus best-sellers en inglés siguiendo el mismo modelo que las grandes superficies: sacrificar beneficio con unos pocos productos estrella para recuperarlo con las ventas colaterales. Además, tarde o temprano las editoriales trasladarán gran parte de su tirada a modelos de impresión por demanda (por ahí se dice que Google Libros acabará ofreciendo también IpD), de modo que el espacio físico que requerirán en los puntos de venta será sólo el imprescindible para las novedades dirigidas al comprador compulsivo.
¿Que podría justificar la existencia de una pequeña librería en ese nuevo escenario? El problema es similar al de la posición de los editores mismos frente a la autoedición en una red social. La clave siempre está en el valor añadido de poner la distribución del libro en manos de un profesional especializado. Imaginad esta situación en el año 2030: la práctica totalidad de los libros son autoeditados en impresión por demanda, las herramientas sociales se encargan del filtrado de calidades y todas las compras se realizan a través de dispositivos electrónicos.
El punto flaco de las herramientas sociales es su efecto de incertidumbre. Si el grupo social es lo bastante homogéneo como para producir resultados predecibles, entonces sus criterios de selección son inútiles para lectores que se aparten de la media. Si el grupo social es heterogéneo, entonces sus resultados son demasiado impredecibles como para suscribirse a ellos. Y si se atomiza un grupo social heterogéneo en pequeños grupos homogéneos, el margen de error de cada uno de ellos será mayor al contener menos seleccionadores. A su vez, la metaestabilidad del grupo hace difícil mantener un censo fiable de su estado y, aunque en un momento dado se encuentre en un punto óptimo, no hay garantías de que seguirá estándolo en el siguiente.
En el caso del seleccionador individual (el de un librero y, en mayor medida, el de un editor), el determinismo que influye sobre su criterio (ambiente, cultura, experiencia, conocimientos, genética) es relativamente estable, en el sentido de que tiende a variar por acumulación más que por avalanchas sociales, y las bases de su criterio se pueden concretar y comunicar. Pese a ello, esas bases pueden ser casi tan excéntricas como se pueda desear, de modo que en un seleccionador individual se pueden combinar con facilidad heterogeneidad y predictibilidad, que es lo que debería mover a un lector afín a suscribir sus elecciones.
En un escenario de autoedición e impresión por demanda extendidos, la necesidad de tareas de cribado y selección se disparan. Ese es el papel que debería adoptar el profesional que propongo como editor-librero, un individuo encargado de cualificar y revisar obras y organizar su venta de una forma más eficiente y acreditable que la generada por una herramienta social.
Por su parte, los puntos flacos de la venta digital son el transporte del objeto físico, en el caso del libro impreso, y la búsqueda del libro adecuado, en todos los casos. El transporte a domicilio, al menos hasta que todas las compras domésticas se realicen de esa forma, es más costoso que el transporte a un punto de venta. La compra por internet y la impresión por demanda no eliminan ese factor. A su vez, el éxito en la búsqueda de títulos raros, entendido como la obtención de un resultado válido en una cantidad de tiempo reducida, depende mucho de la habilidad del lector y en muchos casos sería imposible. Las herramientas sociales no son óptimas para este tipo de búsquedas porque su propósito es la eliminación de discrepancias: el caso individual del lector para el que una obra obscura tiene la máxima relevancia es una discrepancia respecto a la norma, por lo que en una herramienta social esa obra seguría estando fuera del alcance de un usuario sin suficiente habilidad o conocimiento para localizarla. Ahí es donde entra el papel del librero-buscador, es decir, el profesional especializado que realiza justamente el mismo proceso que durante su papel como editor-librero, pero en sentido inverso. En el caso de la impresión por demanda, el librero-buscador puede anticipar las necesidades del grupo de lectores y almacenar ejemplares en un punto de venta, conservando sobre el modelo digital la ventaja que tiene para los usuarios para los que el desplazamiento a la librería es trivial el poder lanzar la consulta al librero, obtener una respuesta y recibir el libro de inmediato. En el caso del libro digital, el librero-buscador libera al usuario de la necesidad de discernir entre distintos formatos, ediciones, traducciones y revisiones.
En este escenario propuesto tenemos, pues, pequeñas librerías cuyos locales físicos son parte de una infraestructura que incluye el puesto de venta digital y sirven, además, como puntos de recogida de libros para los usuarios que compran por internet pero prefieren ahorrarse (y ahorrarle al clima) el coste de la entrega a domicilio, que mantienen un pequeño stock de libros de selección propia en calidad de coleccionista para suscriptores y para clientes que buscan objetos de regalo, y libros especializados cuya venta pueden anticipar (p.e., libros de texto) y se integran con los servicios habituales de las imprentas de barrio para producir de forma inmediata versiones en papel de documentos digitales. El personal de estas librerías/editoriales/imprentas se reduciría al editor-buscador y el maquetador-técnico de imprenta (uno o varios de cada, según el tamaño), más un dependiente si el movimiento de materiales es importante. Muchas de las tareas propias del editor-seleccionador y del editor-impresor son compatibles con el trato presencial (para poner ese mismo conocimiento a disposición de un cliente particular), por lo que no hay necesidad de mantener editoriales “caja negra” en vez de funcionar en locales abiertos; la posibilidad de hecho de tratar con el editor o el maquetador directamente, igual que se trata con un librero, sería otro valor añadido.