Extracto
Unos momentos antes, su rebaño pastaba en la cima de la colina, en uno de los verdes valles del Cáucaso, mientras él lo contemplaba distraído, apoyado en su bastón. El sol bañaba los prados y las laderas entre una manada de nubes sueltas e hinchadas. Las ovejas se entrelazaban de forma aleatoria pero armónica, como figuras de un arabesco viviente, y no parecía que nada extraordinario fuera a suceder.
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El joven soldado ruso y el joven pastor georgiano se miraron desde ambos lados del siseante hornillo, impasibles, examinándose el uno al otro como si fueran un extraño artefacto caído del cielo. Se fijaron en los detalles de la ropa, la forma de las sienes, la longitud de los dedos. No parecían tener nada en común, excepto la edad y las heridas recientes.
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Su valle se estaba llenando de fantasmas y quimeras que se colaban a través de las brechas de la colina. El Cáucaso se estaba resquebrajando como una cáscara de huevo, trozo a trozo, aparición tras aparición. Y, si nada lo impedía, pronto se retorcería como un dragón despertado por la guerra, le sacudiría de su serrado lomo y Grigol se precipitaría impotente entre los vapores nocivos de un mar de oscuridad.