En una ciudad abandonada tras una devastadora crisis financiera, el señor S. se resiste a abandonar su rutina a pesar del avance de las máquinas de demolición. Una rutina que, indiferente a la decadencia de su empresa, ha repetido desde que ganó el premio de lotería.
Una de las supersticiones con las que compensaba su ignorancia de las causas de su buena suerte era comprar cada mañana un billete de lotería en la expendedora del vestíbulo de su planta. Había empezado a hacerlo cuatro años antes, el mismo día que lo contrataron. Desde entonces había jugado un total de setecientos veintiocho billetes, de los cuales, hasta aquel momento, setenta y cuatro le habían salido a devolver, ocho le habían pagado el almuerzo y dos el restaurante y la compañía ad hoc. Pese a sus discretos resultados, el señor S. se consideraba en general un jugador afortunado.
Aquel día radiante de invierno, sin embargo, al señor S. le tocó el gordo de Navidad.