Si sois al menos de mi generación, no hace falta contaros la historia de terror sobre los soportes obsoletos. Por vuestras manos habrán pasado vinilos, casetes, cintas Beta, cintas VHS, CDs, DVDs, MP3, SDs, Blue Rays… Y, con pocas excepciones, el formato que se podía usar de forma doméstica siempre era de calidad inferior al original.
En el caso de los libros, el máster es el archivo digital. El libro impreso sólo funciona en el contexto y las circunstancias para las que fue hecho. Si quieres leerlo en un soporte diferente (bolsillo, ereader) o en unas dimensiones diferentes (problemas de vista, conferencias) o integrarlo en un sistema diferente (braille, audiobook, buscador de texto, hipervínculos), tendrás que comprar un nuevo volcado del máster, si lo hay, que cumpla los requisitos.
Entonces es cuando viene el problema: el nuevo volcado no se vende a precio de coste. Por algún motivo, te obligan a pagar de nuevo a los creadores del original.
Hasta hace un tiempo, las copias que se vendían eran en general el mejor volcado que era comercialmente viable: libros de bolsillo por la movilidad y el bajo coste y los de tapas duras por el tamaño y la durabilidad. En consecuencia, el lector sentía que estaba pagando por la forma más práctica de acceder al original.
Luego, cuando llega un nuevo soporte de mayor fidelidad, aparecen por arte de magia nuevos derechos. Sin embargo, en el precio de un libro editado en el siglo XX ya se había proyectado sufragar la creación del original con los derechos en papel. Es decir, al lector que compró una copia en papel ya se le hizo pagar su parte. Quien comercializa el original no tiene realmente un derecho moral a cobrar una segunda vez por un concepto que en su día fue amortizado.
Lo cual me lleva a la cuestión sobre la que quería hablar. Hoy en día se venden libros en formatos digitales de los cuales se puede derivar cualquier otro. Un ebook sin DRM se puede usar en el móvil, en un ereader, en una pantalla, puede ser leído por un sintetizador de voz, se puede imprimir en papel con tinta o en Braille, se puede convertir en una página HTML, se puede buscar, editar, recortar, reorganizar. En consecuencia, una vez se vende el ebook, se deberían haber amortizado todas esas posibilidades. No cabe, por tanto, querer cobrar derechos de creación por cada versión imaginable.
Supongamos que me hacen caso y en vez de vender libros de forma individual, como si la gente viviera aislada del resto del mundo, se venden al precio absoluto. Una vez se ha amortizado la creación del original (el archivo digital), cualquier volcado debería venderse a precio de coste. El precio de coste incluye la maquetación de un libro impreso o la grabación de un audiobook, pero no derechos de autor por el trabajo original.
Por ejemplo, un autor a jornada completa dedica un año a escribir una novela decente y libera el archivo digital por 30.000€. Luego decide autoeditar una versión en rústica y dedica 35 horas al diseño y la maquetación. A continuación libera igualmente el archivo digital de ese volcado (un PDF, probablemente), sólo por el coste adicional de la edición, digamos, unos 500-1.000€. O quizá, teniendo en cuenta que el valor es pequeño comparado con el del original, lo libera como obsequio para los lectores.
El propio autor puede subirlo a varios servicios de impresión por demanda, aunque los usuarios son libres de tomar el PDF y usar cualquier otro que les parezca conveniente. A la hora de comprar el ejemplar, el lector ya sólo paga los costes de imprenta, que, a diferencia de la parte creativa, sí que están relacionados con la fabricación de cada unidad. El autor sólo presenta al ISBN y el Depósito Legal el original y el PDF, no el volcado en papel, que es una impresión sin pago de derechos de autor ordenada por el lector para su uso privado.
¿Todo esto tiene alguna pega? Sí: es virtualmente imposible hacerse millonario con un par de libros. Pero para los lectores es una ventaja más que un inconveniente.
Quien paga los 30.000 € iniciales? Quién dice que un año de trabajo de un escritor vale 30.000 €? Quien decide que uno es escritor y no un simple pícaro que amontona líneas una tras otra?
Por favor, bajo estas opiniones pretendidamente progres, se encuentran un montón de prejucicios según los cuales beneficio y cultura son incompatibles.
Por qué un fabricante de tornillos tiene derecho a sacar beneficios de su trabajo, y un escritor/editor no?
a) "¿Quién paga los 30.000 € iniciales?"
Los mismos lectores que reservan copias de cualquier novedad literaria antes de que llegue a las librerías o se suscriben a una colección.
b) "¿Quién dice que un año de trabajo de un escritor vale 30.000 €?"
El mercado. Si a alguien le ponen delante un producto y un precio y le parece que está sobrevalorado, no paga.
c) "¿Quien decide que uno es escritor y no un simple pícaro que amontona líneas una tras otra?"
El lector. A menos que tenga demasiado poco interés como para hojear el extracto que el autor debe ofrecer. En cuyo caso las librerías y los libros tradicionales le deben de resultar igual de inadecuados.
d) "bajo estas opiniones pretendidamente progres, se encuentran un montón de prejucicios según los cuales beneficio y cultura son incompatibles."
Cuando estamos hablando de ingresos en las decenas de miles de euros, creo que estamos hablando de beneficios. Por otro lado, etiquetar algo como "progre" es una forma muy rudimentaria de prejuzgar.
e) "¿Por qué un fabricante de tornillos tiene derecho a sacar beneficios de su trabajo, y un escritor/editor no?"
No lo sé, pregúntale a alguien que defienda que la cultura no sea remunerada. Aquí estamos hablando de que un acto creativo es 1 producto con 1 coste y 1 beneficio, no infinitos productos con un beneficio ilimitado.