Quizá la decision de Stephen R. Covey, de la que nos hemos enterado esta semana, de vender la versión electrónica de sus libros directamente a través de Amazon en vez de contar con su editorial de toda la vida sea una apuesta algo aventurada, pero lo que es seguro es que ya ha conseguido encender más alarmas que un submarino iraní emergiendo junto a la Estatua de la Libertad.
La verdad es que la «situación ebook», o la delicada cuestión de quién posee los derechos digitales de los libros negociados hace más de una década ―cuando «Print is dead» era algo que sólo se oía en Cazafantasmas―, ya se estaba cociendo desde hace tiempo. Hace un par de semanas lo expliqué así:
Muchas editoriales se olvidaron de negociar los derechos digitales. A menudo lo que hicieron fue un contrato de exclusividad, lo que significa que, pese a que no hay acuerdo con el autor por los derechos digitales, el autor no puede hacer nada con ellos.
Por si la cuestión no es lo bastante peliaguda, resulta que la ley de copyright de 1978 en los EEUU permite al autor recuperar todos los derechos de cualquier obra al cabo de 35 años, es decir, a partir de 2013.
Vamos que juntas a un autor veterano, a su agente y a su editor en una misma habitación para hablar de libros digitales y se respira más tensión que en el bar de Inglourious Basterds.
El caso es que el pasado viernes 11 las aguas empezaron a agitarse cuando Random House envió cierta carta a sus agentes, carta de la que el día siguiente se hizo eco Motoko Ritch en el New York Times:
El viernes, Markus Dohle, director ejecutivo de Random House, envió una carta a docenas de agentes literarios, escribiendo que los antiguos acuerdos de la compañía le daban «el derecho esclusivo a publicar en formatos de libro digital».
El artículo destacaba además la batalla legal que mantienen Joseph Heller versus Simon & Schuster y la familia de William Styron versus Random House por los derechos digitales de sus libros, y mencionaba la insatisfacción de muchos autores con la parte del pastel (25%) que les toca en los ingresos de los libros digitales. Y, aunque algunos titulares ya han llegado a acuerdos, en general el estado de las cosas, como lo describía Maja Thomas de Hatchette Book Group es el de una «amplia frontera abierta». Por lo pronto, Random House y Simon & Schuster parecen haber adoptado la estrategia del Western de disparar primero y preguntar después.
Eso ocurría el día 12. El día 13 el Wall Street Journal recogía la noticia sobre el anuncio de Random House en este artículo y entre otras cosas citaba al agente de James Ellroy:
«No acepto la posición de Random House, y no creo que nadie lo vaya a hacer tampoco. Uno está autorizado a los derechos declarados en su contrato. Los contratos hace 20 años no cubrían los derechos electrónicos. Y los juzgados ya se han mostrado de acuerdo con esta posición».
El 14 el Guardian ya daba por oficial la declaración de guerra:
La discusión sobre los derechos de propiedad intelectuales, […] es una que sólo se puede intensificar. Tiene profundas implicaciones para el futuro de todos los gigantes editoriales a lo ancho del mundo.
[…] Random House ha lanzado sin duda una terrible salva, pero sus misiles podrían haber aterrizado tras las líneas, sobre sus propias tropas.
La lista de comentarios en blogs y medios sociales es interminable. En Dystel & Goderich Literary Management advertían:
Estamos viendo ahora muchas editoriales metiéndose en esta clase de apropiaciones de derechos y muchas de ellas están usando la semántica para fingir que siempre han tenido derechos que, de hecho, no estaban incluidos en la redacción del contrato original.
Y, justo el mismo día, estallaba la bomba: Stephen R. Covey, uno de los más exitosos autores de libros de negocios, se iba con sus derechos a Amazon en vez de continuar con Simon & Schuster.
Mr. Covey está haciendo disponibles sus libros a través de RosettaBooks, una editorial de libros electrónicos que comercia principalmente con las obras más antiguas de autores como Kurt Vonnegut y Virginia Woolf.
Arthur Klebanoff, director ejecutivo de RosettaBooks, dijo que Mr. Covey recibiría más de la mitad de los ingresos netos que RosettaBooks obtendría de Amazon en estas ventas de e-libros.
Aquí es cuando empezamos a hablar de palabras mayores. No sólo está el pequeño detalle de los 15 millones de ejemplares que Covey ha vendido sólo de su primer libro, sino del peso simbólico que tiene la decisión de un autor que no vive precisamente de olisquear las flores. Si Covey cree que esa es la forma más exitosa de vender sus libros, no faltará gente que se guíe por su criterio. Y, por cierto, el padre de Covey, que se dedica a lo mismo, ya está experimentando directamente con la autoedición.
De inmediato, la red empezó a arder. Por ejemplo, en los foros de MobileRead se leía:
Moejoe.- Odio tener que admitirlo, pero creo que Amazon simplemente ha ganado la partida del ebook y el resto son los que ahora van a jugar a pillar. […] Sólo necesitan unos pocos autores de la popularidad de Stephen King o Maeve Binchy y ya está, game over para la edición tradicional.
El día 15 el Guardian resumía el movimiento así:
La pugna por la supervivencia en el mundo editorial de Nueva York provocada por el ascenso del ebook se ha vuelto tan carente de escrúpulos que hace que el Salvaje Oeste parezca un internado suizo de buenas maneras para jovencitas.
También PC World le dedicaba un artículo:
[…] primero, confirma la alza continua del mercado del libro electrónico y los temores de las casas editoriales, que son pasadas de largo por autores prominentes, en busca de una porción mayor de los beneficios de las ventas. Además, los acuerdos exclusivos de autores y libros para el Kindle distinguirán facilmente el lector electrónico de Amazon de la feroz competencia […]
Mientras esto ocurría, el Authors Guild, el sindicato americano de escritores, reaccionaba a la carta de Random House con el deleite de una extracción de muelas sin anestesia:
Random House, de forma bastante famosa, cambió su contrato estándar para incluir derechos de e-books en 1994. (Lo recordamos bien: Random House intentó asegurarse estos derechos por royalties del 5% de los ingresos netos, una minucia. Lo llamamos una "apropiación de tierras en la frontera electrónica" en el titular de nuestra nota de prensa.)
La noticia y la respuesta de Random House a la nota de prensa del Autors Guild también se podía leer en el blog Media Decoder del New York Times, y en Publishers Weekly. Y en Techdirt aventuraban que, a pesar de que la base legal no sea nada sólida, quizá Random House cuente con que los autores no vayan a juicio para reclamar sus derechos.
En medio de todo este revuelo, Robert McCrum ponderaba en el Guardian los posibles cataclismos que se podían desencadenar debido al efecto mariposa tras la coincidencia del caso Random House y la peregrinación de Stephen Covey:
Si las ventas en masa de los títulos establecidos migran a un mercado del ebook que no pueden controlar, entonces estarán en el medio de un huracán comercial que amenazará con derribar sus casas, arrancar sus cultivos de raíz y en definitiva llevarlos a la ruina.
En Pimp My Novel, Eric, un agente de ventas de una casa editorial, se preguntaba ayer si habría llegado ya el e-pocalipsis:
¿Se quedarán las casas tiradas en la cuneta conforme el juzgado de la opinión pública determina qué debe ser publicado, y los vendedores firman con esos autores de forma acorde? ¿Dónde van a figurar los agentes y los editores en todo esto? Y, lo más importante, ¿qué pasará con los autores?
Esta guerra sin duda seguirá dando titulares en los próximos días.
Las editoriales se verán obligadas a renegociar con los más veteranos para que se queden, porque ciertamente pueden llevarse muchos jóvenes con ellos. No les veo aún pensando (aunque debieran, ya por su propio bien) en subir los royalties de los autores.
Por cierto:
más alarmas que un submarino iraní emergiendo junto a la Estatua de la Libertad
se respira más tensión que en el bar de Inglourious Basterds
Últimamente estás sembrado :D