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Los libros son artefactos sociales


Cuando con­tem­plo un cua­dro rena­cen­tista en el que el pin­tor exhibe su domi­nio sobre la pers­pec­tiva, me pro­duce una sen­sa­ción con­flic­tiva. La cons­cien­cia de la téc­nica en el arte demues­tra la ambi­ción del crea­dor por com­pren­der y domi­nar su crea­ción. Por otro lado, la idea de que un cierto tipo de per­fec­ción for­mal es clave para la per­fec­ción como arte no coin­cide con nues­tras expe­rien­cias cotidianas.


Una de las difi­cul­ta­des en el pro­ceso de enten­der el texto lite­ra­rio es la idea de que, siguiendo unos pasos defi­ni­dos, se llega siem­pre a una obra vir­tual­mente per­fecta. Que el éxito de un texto lite­ra­rio depende de forma sus­tan­cial de que esté divi­dido en cierto número de actos, con cierto número de pun­tos de giro, cierto orden de sub­tra­mas y cier­tos patro­nes retóricos.

Es ver­dad que no se puede cons­truir una buena obra sin cierto orden, como no se puede cons­truir una buena casa sin un plano. Pero, de cara al usua­rio, el obje­tivo del plano solo es eli­mi­nar obs­tácu­los, qui­tar de enme­dio cual­quier cue­llo de bote­lla o corre­dor ciego que no sir­van para nues­tro pro­pó­sito. Tra­zar pla­nos de nues­tras obras es, pues, una dis­ci­plina básica que toda­vía nos deja muy lejos de res­pon­der cómo inser­ta­mos nues­tra crea­ción en el cen­tro de la vida cultural.

Un libro que está en uso es un arte­facto social. La difu­sión de su con­te­nido está con­di­cio­nada por su capa­ci­dad para con­ver­tirse en una expre­sión del pro­pio lec­tor. A veces los libros son la herra­mienta para el fol­klore de grupo, la con­cien­cia de clase, el monó­logo solip­sista, o la dis­cu­sión con un foro ima­gi­na­rio. Adop­ta­mos el libro des­pués de haber obser­vado su capa­ci­dad expre­siva por­que ansia­mos hacerla tam­bién nues­tra, usarla para unir­nos a una conversación.

Foto: «Japan Books­tore» por Bobby, Licen­cia: CC-By — 6/5/2008

Podría­mos enten­der el libro como una ver­sión exten­dida de un neo­lo­gismo. Una pala­bra nueva que no hace refe­ren­cia tanto a un objeto con­creto como a una serie de valo­res abs­trac­tos y situa­cio­nes gené­ri­cas. Algu­nas de las ideas repre­sen­ta­das por un libro son tan sim­ples como la demos­tra­ción del tipo de libre­rías que se frecuentan.

El orden interno del libro no resuelve, ni pre­tende resol­ver, el pro­blema de cómo puede el autor con­ver­tirlo con éxito en un arte­facto social. El motivo por el que el autor per­si­gue un cierto orden es, de hecho, inde­pen­diente de esta cues­tión. Si se busca una orga­ni­za­ción más estricta será para faci­li­tar el pro­ceso de crea­ción y para repar­tir de forma más óptima los recur­sos pro­pios de la obra. Un meca­nismo mejor dise­ñado puede ayu­dar a rea­li­zar mejor una fun­ción… o no. Es obvio que algu­nas fun­cio­nes no tie­nen unos requi­si­tos especiales.


El mayor reto para los crea­do­res impli­ca­dos en la pro­duc­ción de un libro, pues, es iden­ti­fi­car esas nece­si­da­des de expre­sión y aña­dir­las al texto para que sir­van como pun­tos de anclaje. Que­re­mos que el lec­tor haga suyo nues­tro libro, que lo incluya en su len­guaje expre­sivo, para que así se difunda como se difunde cual­quier otro aspecto de la cul­tura popular.

Sin embargo, el autor a menudo tam­bién aspira a cierta per­ma­nen­cia. Hay neo­lo­gis­mos que apa­re­cen y des­a­pa­re­cen con rapi­dez; tan rápido como se difun­den son sus­ti­tui­dos por otro sím­bolo dife­rente. A veces los libros no tie­nen un arran­que ful­gu­rante, por lo que nece­si­tan cierta capa­ci­dad de seguir conec­tando con los lec­to­res pese al trans­curso del tiempo.

Por lo tanto, para avan­zar aún más en la fun­ción de nues­tra obra como arte­facto social, no solo tene­mos que sepa­rar el meca­nismo de la fun­ción, sino tam­bién la fun­ción de la pre­sen­ta­ción. La cul­tura toma dis­tin­tas for­mas a lo largo del tiempo, pero, siendo la con­di­ción humana más o menos inva­ria­ble, atiende a nece­si­da­des bas­tante pare­ci­das. Por eso interesa que esos pun­tos del anclaje que le ofre­ce­mos al lec­tor (esas expe­rien­cias con las que se puede iden­ti­fi­car) con­ser­ven una cierta esen­cia uni­ver­sal, inde­pen­dien­te­mente de la apa­rien­cia que tomen en nues­tra historia.


Muchas veces es fácil dar por des­con­ta­dos estos pun­tos de anclaje por­que se refie­ren a situa­cio­nes, emo­cio­nes, ges­tos dema­siado coti­dia­nos. Pen­sa­mos, con cierto sen­tido, que nues­tra obra lite­ra­ria debe des­ti­lar y con­den­sar lo más fun­da­men­tal de la reali­dad. Esa es una de las prin­ci­pa­les razo­nes por las que con­si­de­ra­mos impor­tan­tes los libros.

Sin embargo, en tanto no este­mos escri­biendo un manual téc­nico, todo libro es una adap­ta­ción de esos fun­da­men­ta­les a la cul­tura del lec­tor. Pone­mos el con­te­nido en un con­texto para que sirva de vehículo para el men­saje. Sin él, nues­tro libro es un mero ejer­ci­cio teó­rico rele­vante solo en un ámbito no lite­ra­rio. Si no defi­ni­mos inten­cio­na­da­mente ese con­texto, es pro­ba­ble que ter­mi­ne­mos usando por cos­tum­bre el del pro­pio género lite­ra­rio, el cual, al ser pura­mente deri­va­tivo, es fácil que le resulte ajeno a los usua­rios de nues­tro libro.

La con­clu­sión es que ni el orden interno ni la apa­rien­cia, por mucho que se pue­dan obser­var, ana­li­zar y repro­du­cir, son deci­si­vos para deter­mi­nar el papel que va a jugar la obra. Influ­yen en fac­to­res acce­so­rios como la acce­si­bi­li­dad o la uni­dad esté­tica, pero no gene­ran por sí mis­mos un fenó­meno social. El autor come­te­ría un error si les otor­gara dema­siada impor­tan­cia y pasara por alto las ver­da­de­ras fun­cio­nes que la cul­tura atri­buye a una pieza de arte.




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