Los libros son artefactos sociales
Cuando contemplo un cuadro renacentista en el que el pintor exhibe su dominio sobre la perspectiva, me produce una sensación conflictiva. La consciencia de la técnica en el arte demuestra la ambición del creador por comprender y dominar su creación. Por otro lado, la idea de que un cierto tipo de perfección formal es clave para la perfección como arte no coincide con nuestras experiencias cotidianas.

Una de las dificultades en el proceso de entender el texto literario es la idea de que, siguiendo unos pasos definidos, se llega siempre a una obra virtualmente perfecta. Que el éxito de un texto literario depende de forma sustancial de que esté dividido en cierto número de actos, con cierto número de puntos de giro, cierto orden de subtramas y ciertos patrones retóricos.
Es verdad que no se puede construir una buena obra sin cierto orden, como no se puede construir una buena casa sin un plano. Pero, de cara al usuario, el objetivo del plano solo es eliminar obstáculos, quitar de enmedio cualquier cuello de botella o corredor ciego que no sirvan para nuestro propósito. Trazar planos de nuestras obras es, pues, una disciplina básica que todavía nos deja muy lejos de responder cómo insertamos nuestra creación en el centro de la vida cultural.
Un libro que está en uso es un artefacto social. La difusión de su contenido está condicionada por su capacidad para convertirse en una expresión del propio lector. A veces los libros son la herramienta para el folklore de grupo, la conciencia de clase, el monólogo solipsista, o la discusión con un foro imaginario. Adoptamos el libro después de haber observado su capacidad expresiva porque ansiamos hacerla también nuestra, usarla para unirnos a una conversación.
Podríamos entender el libro como una versión extendida de un neologismo. Una palabra nueva que no hace referencia tanto a un objeto concreto como a una serie de valores abstractos y situaciones genéricas. Algunas de las ideas representadas por un libro son tan simples como la demostración del tipo de librerías que se frecuentan.
El orden interno del libro no resuelve, ni pretende resolver, el problema de cómo puede el autor convertirlo con éxito en un artefacto social. El motivo por el que el autor persigue un cierto orden es, de hecho, independiente de esta cuestión. Si se busca una organización más estricta será para facilitar el proceso de creación y para repartir de forma más óptima los recursos propios de la obra. Un mecanismo mejor diseñado puede ayudar a realizar mejor una función… o no. Es obvio que algunas funciones no tienen unos requisitos especiales.

El mayor reto para los creadores implicados en la producción de un libro, pues, es identificar esas necesidades de expresión y añadirlas al texto para que sirvan como puntos de anclaje. Queremos que el lector haga suyo nuestro libro, que lo incluya en su lenguaje expresivo, para que así se difunda como se difunde cualquier otro aspecto de la cultura popular.
Sin embargo, el autor a menudo también aspira a cierta permanencia. Hay neologismos que aparecen y desaparecen con rapidez; tan rápido como se difunden son sustituidos por otro símbolo diferente. A veces los libros no tienen un arranque fulgurante, por lo que necesitan cierta capacidad de seguir conectando con los lectores pese al transcurso del tiempo.
Por lo tanto, para avanzar aún más en la función de nuestra obra como artefacto social, no solo tenemos que separar el mecanismo de la función, sino también la función de la presentación. La cultura toma distintas formas a lo largo del tiempo, pero, siendo la condición humana más o menos invariable, atiende a necesidades bastante parecidas. Por eso interesa que esos puntos del anclaje que le ofrecemos al lector (esas experiencias con las que se puede identificar) conserven una cierta esencia universal, independientemente de la apariencia que tomen en nuestra historia.

Muchas veces es fácil dar por descontados estos puntos de anclaje porque se refieren a situaciones, emociones, gestos demasiado cotidianos. Pensamos, con cierto sentido, que nuestra obra literaria debe destilar y condensar lo más fundamental de la realidad. Esa es una de las principales razones por las que consideramos importantes los libros.
Sin embargo, en tanto no estemos escribiendo un manual técnico, todo libro es una adaptación de esos fundamentales a la cultura del lector. Ponemos el contenido en un contexto para que sirva de vehículo para el mensaje. Sin él, nuestro libro es un mero ejercicio teórico relevante solo en un ámbito no literario. Si no definimos intencionadamente ese contexto, es probable que terminemos usando por costumbre el del propio género literario, el cual, al ser puramente derivativo, es fácil que le resulte ajeno a los usuarios de nuestro libro.
La conclusión es que ni el orden interno ni la apariencia, por mucho que se puedan observar, analizar y reproducir, son decisivos para determinar el papel que va a jugar la obra. Influyen en factores accesorios como la accesibilidad o la unidad estética, pero no generan por sí mismos un fenómeno social. El autor cometería un error si les otorgara demasiada importancia y pasara por alto las verdaderas funciones que la cultura atribuye a una pieza de arte.










05/07/2011. 931 palabras. Categorías: