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Los asesinos

Mi última lectura es Los asesinos, de Elia Kazan, director de Mar de hierba, Un tranvía llamado deseo, etc. y conocido también por haber actuado como chivato durante la “caza de brujas” en los Estados Unidos.

La trama de la novela, publicada en 1972, gira en torno a dos asesinatos cometidos por Cesáreo Flores, un mexicano miembro de las Fuerzas Armadas. Uno de los muertos se convertirá en un símbolo para una juventud hippy, enganchada a las drogas, que intenta luchar porque su amigo sea enterrado según sus deseos y porque haya justicia en el juicio, que se ve a la legua que está amañado para limpiar la imagen del Ejército. El protagonista de la historia es Michael, un muchacho pacifista cuya presencia a lo largo de la novela es como la conciencia silenciosa del resto de personajes. Él es quien, con su influencia casi involuntaria, consigue que el jucio no siga por los cauces planeados y complacientes y quien, al final, con un acto impropio de él, impide que la muerte de su amigo caiga en saco roto.

“Los asesinos” contiene un mensaje por encima del resto: los asesinos no son los que creen en el sistema o los que no creen en él, si no los que lo defienden, con buena voluntad, tratando de que parezca aceptable lo que no lo es. Aquí es donde me gustaría haber leído la autobiografía de Kazan, ya que me quedó la sensación de que alguno de los personajes podría ser un alter ego que en realidad estuviese exponiendo alguna de las inquietudes de un hombre que, al fin y al cabo, fue llamado una vez por el sistema para que se convirtiera en una herramienta del mismo.

La novela tiene un par de escenas donde quizá ridiculiza las camarillas de izquierdas, al menos, por su incapacidad de lograr tener influencia. Pero, si hay algo con lo que la novela es crítica, es con la parte más conservadora de la sociedad estadounidense, pintada como manipuladora, enormemente complaciente y fácil de convencer. En realidad, en una novela que se acerca más a la realidad que a ningún tipo de idealización, nadie sale bien parado, ni siquiera los jóvenes que, si no tuvieran una causa, serían poco menos que yonquis simpáticos.

El estilo de la novela es simple y llano, no tiene ninguna sofisticación y eso hace que a ratos resulte un poco monótona. Además los puntos de clímax parecen descolocados o demasiado difusos, por lo que el pulso de la historia no es tan alto como se espera del argumento. Como entretenimiento o disfrute estético, la verdad es que sería una novela del montón, pero aún así tiene cosas interesantes, como la transformación de Vincent Connor en leyenda, el papel de bueno/malo de Cesáreo Flores, o el camino mesiánico que sigue Michael, sin quererlo, en algún lugar remoto de su mente.

Pero, sobre todo, es una novela que pone a prueba la conciencia, y que retrata las bajezas de un sistema establecido mediante la hipocresía. Lo más terrible de “Los asesinos” es comprobar que, treinta años después, esas bajezas no sólo no han desaparecido, sino que, en muchos sentidos, se han vuelto mucho peores.

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