Sigo con los Premios Nobel. Esta vez con La colmena de Camilo José Cela. Es la primera vez que leo a Cela, si no contamos las treinta páginas que tardé en aburrirme de Viaje a la Alcarria. Hasta hace no mucho tenía bastantes prejuicios contra este autor y su carácter tan abrupto. Pero, como estoy en plena fiebre revisionista, al final cogí la novela hasta con cierto gusto.
“La colmena”, como mínimo, es una novela original. Es un buen ejemplo de lo que se llama el «estilo Dos Passos» (uno de los autores de la generación perdida norteamericana), que consiste ni más ni menos que en combinar los puntos de vista de muchos personajes, como ofreciendo un retrato cubista de la realidad. En esta se mencionan hasta 260 personajes (hay quien se ha dedicado a contarlos), y hay unos veinte o más que son principales, si bien hay dos que son los que van guiando de forma más o menos evidente el hilo de la historia: doña Rosa, la dueña del bar, tirana y fachenda, y Martín Marco, el poeta sin un duro. Entre medias están los cientos de anécdotas de cientos de habitantes del Madrid de la postguerra, mostrados en estado natural, con sus vicios, mentiras, infidelidades, miserias y vagas esperanzas. La verdad es que Cela usa el lenguaje —un lenguaje muy de la época— de una forma impecable y magistral. Con unas pocas palabras y descripciones construye personajes de todos los tipos y nos enseña su psicología sin tapujo alguno, tal y como son.
Así que, formalmente, es una novela de lectura obligada; no obligada, obligadísima. El problema es que, de tan fragmentada que está, el argumento principal —la muerte de una mujer y la desventura de Martín Marco— se vuelve casi invisible. Vamos que, después de cien anécdotas seguidas, y aunque muchas tienen bastante sentido del humor, se puede volver un tanto aburrida. Y el anticlimático “anti-final” quizá no ayude. La colmena tiene un final, pero Cela simplemente lo esconde, como diciendo: “esto no era lo que importaba, sino todo lo anterior”.
Desde luego, La colmena no es la novela que yo le daría a un chaval como lectura de instituto. Es una obra con todo el potencial de resultarle sosa a un montón de gente. Pero, aunque nadie esté obligado a divertirse leyéndola, sigue siendo aun así una de esas obras para la posteridad, con suficientes razones propias para ser un clásico.
