Hoy se cumplen 60 años del estallido de la bomba de Hiroshima. Durante el pasado siglo cometimos salvajadas numéricamente mucho peores, entre ellas guerras olvidadas en las profundidades de África, genocidios y hambrunas evitables, pero quizá ninguna con tanto valor simbólico, con tanta capacidad de destruir en un instante y de marcar a sus víctimas durante generaciones. Y, probablemente, ninguna cuyo acontecimiento fuera tan innecesario y, por tanto, tan horrible. Sólo la perversa fascinación mística por un poder de alcance desconocido podría explicar que en 1945 el cielo se volviera negro sobre una ciudad arrasada de un país al borde de la derrota.
El día de la bomba, el Enola Gay voló para convertir a cientos de miles de civiles japoneses en carne y sangre del conflicto, en ratones de laboratorio para mejorar la capacidad mortífera de la bomba e intentar controlar el mundo mediante el recurso militar. El miedo, el horror y la tensión que esa bomba creó han pendido sobre nosotros durante estas seis décadas, amenazando con destruir miles de años de historia. Para detener una guerra que estaba en sus postrimerías se produjo una Guerra Fría que no amenazó sólo a unos miles de soldados norteamericanos, sino a toda la humanidad.
Hoy empieza el año 60 después de Hiroshima, en una cronología mucho más apropiada que la cristiana: la de un tiempo que vivimos de prestado. Las víctimas del único país que hasta ahora ostenta el “honor” de haber usado la bomba atómica contra seres humanos se merecen que hoy alguien les pida perdón, para que nadie más cometa el error de creer que la violencia indiscriminada se puede justificar.










Pues si estás por el rollo, mírate este documental a ver que tal:
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Salut.
Supongo que los EEUU lo que querían era demostrar al mundo, y en especial a Rusia que eran más poderosos que nadie, ya que Japón poca cosa pintaba en el asunto. América lleva viviendo en una paranoia constante precisaamente desde que se inventó ese horror, y la posibilidad de ser ellos las víctimas siempre los aterrorizó. Para justificarlo sólo tuvieron que convencer de esta posibilidad a una población ingenua y fácilmente gobernable por el miedo.
Alguien dijo que El miedo hace del cobarde un tirano.