No me resisto a darle otra vuelta de rosca al tema. Entre otras cosas, porque estamos votando un canon para la ciencia ficción en Se Dice, y ver las elecciones de cada uno y sus ideas de lo que es canónico da algo de lo que pensar.
En realidad, este es un tema eterno. Recuerdo por ejemplo aquella serie de artículos de varios VIP’s del mundillo en la revista Gigamesh y el consecuente maremagnum de mensajes en su lista de correo. Entre las muchas opiniones que se expusieron me llamaron de forma especial la atención, si no me falla la memoria, las de aquellos que negaban la validez de los canones literarios en base a la individualidad de los lectores.
El caso es que yo sí creo en los canones. Y digo “los canones”, así, en plural (y sin acento, por cierto). Y con ello no digo que creer de forma ciega y absoluta en un único canon no sea poco práctico. ¿Cómo podría yo confiar en una selección de obras de ficción especulativa que incluyera, por ejemplo, “Dune” o “El juego de Ender”, títulos que me parecen menores? Y así y todo, ese canon tendría una parte útil (para mí y para cualquiera). Eso es lo que me hace creer en la validez de los canones.
Porque, ¿qué es una obra canónica? Una obra canónica no es una que resulta extraordinaria a todos sin excepción. Es una de las que, si mil personas confeccionaran su propio canon, aparecería en un número importante de ellas. Y ahí es donde entra en juego el criterio personal. Ningún canon debería sustituir el criterio del lector, eso es impepinable. Ni aunque existiera uno tal que pudiera acertar de forma indiscutible, ¿de qué le sirve a Fulano que una obra le parezca buena si no sabe por qué es buena? Antes sería preferible que leyera obras menores, pero sabiendo en qué es en lo que fallan.
Si te ponen en la mano, no obstante, esos mil canones, entonces puedes empezar a usar tu propio criterio. No es difícil intuir si las preferencias que denota Pepito o Mengano se alejan más o menos de las tuyas, o descubrir qué obras son reconocidas por lectores de gustos dispares. Al final del proceso, reflexionar sobre los canones que has conocido te da la oportunidad de encontrar el que se ajusta a tu criterio. Porque, mal que le pese a los individualistas más acérrimos, todos tenemos mucho en común (incluso los especímenes raros como el que escribe); suficiente al menos para encontrar puntos de coincidencia con los gustos de los demás. Y aun así, mal que le pese a los snobs, cada uno tiene sus rasgos particulares, y por eso mismo los canones son una herramienta útil, pero no una Biblia ni un Corán para satisfacer algún patético orgullo elitista.
En pocas palabras: yo creo en los canones. Y no es una revelación ni una condenación eterna que tenga que lanzar sobre vosotros, oh pobres e ignorantes mortales. En realidad, es sólo un acto de sentido común que uno realizó el otro día mientras se cepillaba los dientes. Qué se le va a hacer si no me siento menos hereje por no rechazarlos, ni más santo por no aceptarlos a pies juntillas. Si ambos extremos tienen defectos, desde luego no habría nada más triste que posicionarse en uno de ellos sólo por resaltar los males del otro.

A mi particularmente esas listas de “las 100 mejores novelas de loquesea de todos los tiempos” me parecen bastante inútiles, no ya sólo por las razones que expones, sino además porque pretenden ser el compendio definitivo sobre el género que toca. Si se quedaran en un más modesto y humilde “100 novelas relevantes de loquesea” (que al fin y al cabo es en lo que se quedan esos compendios) podrían tomarse como interesantes guías de lectura, y no generarían tanto ruido al pretender arrogarse para ellas el absoluto de ninguna clasificación.
A mí lo que más gracia me hace de los cánones literarios es que en la mayoría de las listas que te dan los títulos que no sean de narrativa brillan por su ausencia…
Por lo que se refiere al género, la discusión de la que hablas me pareció muy entretenida y provechosa. Como oyente, claro.
Aunque personalmente, si a mí gente que sabe mil veces más que yo de esto no me hubiera recomendado nombres como Delany, Silverberg, Gibson, Sturgeon, Zelazny, Priest o Ballard, a mí la ciencia ficción como tal no me interesaría un pimiento más allá de los libros de Dick o Lem, ni habría desechado un millón de prejuicios.
Ni yo habría conocido a Christopher Priest, algo que habría lamentado por mucho, mucho tiempo.
A mí me ha gustado tu argumentación (una postura muy mesurada), pero sigo pensando que la existencia o no de cánones no supone ninguna diferencia. Me imagino que igualmente te hubieran recomendado a Priest porque a alguien le habría gustado, no porque formara parte del canon de nadie. Los cánones como medio de comunicación, sí, pero no como clasificación con ningún valor de por sí.
En fin, que yo tengo otra postura mesurada (incluso los términos medios son multitud), y es que los cánones existen, de hecho cada uno tiene el suyo, y hay fanáticos que los esgrimen para enfrentarse a otros (y tener algo de poder sobre los otros, que es al fin y al cabo de lo que se trata en el alma humana), pero que igualmente podían no existir. La única utilidad que les veo es para que cada cual se afirme en sus gustos públicamente y para servir de publicidad/promoción a ciertas obras. Lo mismo se puede conseguir sin cánones.
Maldita sea, de nuevo me he vuelto a enrollar. Lo siento, últimamente estoy más deformado por la profesión de lo habitual, he de dejar de dar clases como sea
J.A.
Ah, y se me olvidaba (tsk, no tengo remedio): el individualismo está muy bien y racionalmente suele ser acertado, pero como tú dices, los humanos tenemos bastantes cosas en común, más de lo que parece. Es lo que permite que haya gente que fabrique creencias (o cánones o religiones o lo que sea), sean acertadas o no, y también lo que facilita que nos entendamos y nos queramos y nos odiemos. El bien y el mal habitando juntos, una prerrogativa humana
J.A.