Hay libros que si los hubiera leído con quince años no me habría costado terminarlos. Es más, tal vez hasta los tendría en cierta estima. Esa es una de las razones por las que, por ejemplo, no he vuelto a tocar la colección de Isaac Asimov. Son buenos recuerdos que no merece la pena echar a perder.
Luego uno crece, y ese tipo de libros sigue estando ahí. Eventualmente caen en tus manos. A veces, con el agravante de haber oído hablar de ellos con frases como “la obra cumbre de la ciencia ficción moderna”. Ese ha sido mi problema con “Muerte de la luz”.
Dentro de la ciencia ficción, pocos autores han sentido nunca la presión de tener que cumplir unos estándares mínimos. No es que hubiera tanta competencia. De hecho, cuando un autor empezaba a escribir demasiado bien quedaba marginado en los límites del género (Bradbury, Vonnegut), así que tampoco había lugar para comparaciones odiosas.
Darwin demostró hace mucho tiempo que en los ecosistemas cerrados surgen especies frágiles y superespecializadas. “Muerte de la luz”, a la que pesa mucho ser una obra primeriza, es de esa especie. En cualquier hábitat extraño, en competencia con especies más robustas, sería masacrada sin piedad. Es doloroso, por eso, ver que se arremete contra los prejuicios de los críticos y luego, la misma gente, habla alegremente de estas obras. Igual que tiene pleno derecho a disfrutar de ellas dentro de su ámbito, debería ser consciente de lo que hay fuera. Esos críticos a los que se critica poseen en la mayor parte de los casos una formación y una experiencia que no se pueden comparar con las de un aficionado. Por lo general, tienen razones más que de sobra para apear del pedestal cualquier obra escrita con torpeza. Porque “Muerte de la luz” es eso, una obra torpe, inverosímil y llena de clichés folletinescos. Tanto si se quieren pasar por alto como si no, esos defectos van a seguir ahí y van a ser evidentes para cualquiera que quiera verlos.
Esto, que no debería ser más que una polémica de consumo interno, tiene consecuencias graves cuando estas obras, infladas más allá de sus posibilidades, desplazan a las que sí están en condiciones de someterse a las pruebas más duras. Si uno no tiene suficiente base para opinar, puede decir “Muerte de la luz es mi obra favorita dentro de la ciencia ficción”. Pero, si quiere hacer algún bien al género, no debería decir “Muerte de la luz es la cumbre de la ciencia ficción”. Comentarios como ese confunden a propios y extraños, contribuyen a crear prejuicios sin fundamento y, en definitiva, se convierten en un acto irresponsable y perjudicial para este tipo de literatura. Que opinar es libre, sin duda, pero no es inofensivo y menos aún si se hace con ligereza.

Me has dado donde duele, “Muerte de la luz” es una de mis novelas favoritas. ¿Me gustó por sus bondades estilísticas?No ¿Porque explota el llamado sentido de la maravilla tan ciencia-ficcionero? No ¿Porque Martin creo un mundo único? Pués no. Sencillamente, “Muerte de la luz” me parece una grandísima novela por su historia. Y hay escritores cuya prosa es estilísticamente casi perfecta pero son incapaces de contar una buena historia (ahora mismo me viene a la cabeza Javier Marías).
De acuerdo en muchos puntos del post de Fran. Y digo yo… ¿cuándo se admitirá de una vez que el arte es profundamente subjetivo y nos dejamos de zarandajas sobre “la mejor obra del mundo mundial y para todos los lectores”? ¿Por qué no nos quedamos contentos cada uno con sus propios gustos y ya está? Es que son ganas de perder el tiempo hablando del sexo de los ángeles…
Ese es exactamente mi punto de vista. No hay gustos ilegítimos, salvo, quizá, que te de por alabar obras como el Mein Kampf. Pero sí hay gustos, cada uno con su ámbito. Algunos, como los que incluyen la calidad formal, son más amplios porque no dependen tanto de temas y referencias. Así que el “alcance” de cada obra hay que tratar de limitarlo a sus posibilidades, y no pretender que A sea considerado un clásico de la Literatura Universal, o, por qué no, que el clásico B sea más apetecible para alguien muy aficionado a C género.
En pocas palabras, hay fantástico que puede ser aceptable para el consumo interno, pero no hay que olvidar que de cara al exterior hay que cumplir otros requisitos. Y si alguien ha de descubrir el fantástico desde fuera, parece más lógico que se tope primero con esto y no con lo otro.
Hombre, creo que tampoco justificas porque no debemos incluirlas entre las grandes (elementos folletinescos tiene también Dumas), y al final estamos en lo de siempre, no hay que ser relativistas… pero ¿con qué absoluto nos quedamos, con el tuyo o con el mío?.
De todas formas, no creo que sea la obra cumbre de la ciencia-ficción ni mucho menos, no creo siquiera que lo pretenda, pero tampoco veo que tenga que envidiarle nada a otros “clásicos” como Asimov.
Es una historia sencilla, bien contada, con elementos muy interesantes como la cultura de Jan Vikary, y la relación de Gwen con ella (y más hoy en día), y los contradictorios pero nobles sentimientos del protagonista. Los elementos de ciencia-ficción son más bien de transfondo. Si quiero ciencia-ficción más “pura” y de calidad pues siempre tengo a Lem, pero no es justo juzgar una obra por expectativas externas.
Si la comparamos con otras obras de calidad discreta, entonces seguro que no tiene nada que envidiar.
Pensé en escribir una larga entrada sobre los fallos que en mi opinión tenía el libro, pero lo dejé porque en el fondo no valía la pena. Y además sólo iba a fomentar el efecto “Heinlein”: al final se habla más de las obras de cualidades discutibles que de las de cualidades indiscutibles.