De todas las convocatorias electorales que he vivido, esta ha sido una de las que más perplejidad me han causado. Vaya por delante que mi única ideología política es intentar votar al mal menor. El concepto mismo de “ideología” parece casi anticuado. Una construcción de ideas tomada como punto de partida es una forma dulcificada de dogmatismo, cuando lo que se debería desear es que la “tendencia” la marcasen las necesidades reales del momento.
Digo que me aperplejan estas elecciones porque, como alguno habrá notado, aquellos que más se habían manchado en la corrupción urbanística han sido los que más han salido reforzados. ¿Qué pasaría por la mente de sus votantes? ¿Opinan realmente que representan mejor sus intereses? ¿Lo hacen para proteger sus pisos vacíos, los puestos de trabajo en la construcción salvaje? ¿Les poseyó alguna clase de síndrome de Estocolmo?
Últimamente me levanto, me leo el periódico en la red con el café y me dan ganas de echarle la culpa de todo al posmodernismo. Esta es la época en la que nos ha tocado vivir. Desde hace ya un cuarto de siglo, nada menos. Para el posmodernismo, el pensamiento trascendente no es de fiar. Cuenta sólo la intrascendencia, lo presente, la medianía cultural y artística. La prensa rosa es posmodernista, a su modo. Lo son los realities de gente cutre y hortera. Y Eurovisión. Y los ex-poceros que conducen Mercedes de gama alta. La idea es que ya nada importa mucho, mucho tiempo. La moralidad cívica se debilita porque no hay memoria de las responsabilidades pasadas ni conciencia de las obligaciones del futuro.
Con tanta pereza mental, no es raro que no se oiga ninguna voz nueva, original. Nadie se mueve mucho para no hacer ruido y no molestar, no sea que el pueblo se soliviante. La permisividad con la corrupción es el precio que les pagamos para que nos permitan no pensar en política, que es intrínsecamente trascendente. Y así es como la política se disuelve como un azucarillo y sólo queda el reality posmodernista que representan cada día en los telediarios. Total, en el fondo saben que, pase lo que pase, no importa nada. Lo único que cuenta es montar el circo para que algunos puedan ir a desahogarse escupiéndole al rival y se olviden de por qué, pagando tantos impuestos, la Sanidad, la Educación y la Vivienda están tan mal.










En el fondo, la gente prefiere tener a los delincuentes en el poder que en la calle. Eso se vio claramente en Marbella. ¿Es que nadie sabía lo que estaban haciendo Gil y su mano derecha Julián Muñoz? Pues con todo, aun así, no tuvieron problema en mantenerlos en el poder, so pretexto, de que la ciudad estaba “limpia” de delincuentes (y ellos robando a manos llenas, claro). Basta que se desatara el escándalo para que Marbella fuera un clamor en contra de sus alcaldes y allegados. Es el mismo caso de quienes dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor (aún los hay), en referencia a cierto personajillo cuyo nombre prefiero ni mentar, que antes esto no pasaba etc., etc., aun a sabiendas de quién fue el elemento en cuestión. Cada vez que lo oigo me pongo de los nervios, sobretodo cuando viene de una persona joven.
La gente tiene poca memoria y donde dije digo… El resultado es que como los de Marbella, vemos hoy un montón de politicuchos cortados por el mismo patrón construyendo su paraíso a consta de la permisividad de muchos incautos. Como dice el otro, al final uno tiene lo que se merece.