El capitalismo de Adam Smith no era intrínsecamente maléfico, igual que no lo era el comunismo de Karl Marx. Ingenuos, quizá, pero no maléficos. Tampoco se les podría pedir que adelantaran el futuro desde hace un siglo.
El postulado de Adam Smith era, o así me lo han enseñado siempre, que en un mercado libre la oferta y la demanda se equilibran de forma natural para determinar el valor de cada cosa. En condiciones ideales no tiene por qué no funcionar. Los seres vivos llevan tres mil millones de años administrando sus recursos al modo capitalista. No es divertido ser el comehierba más lento del grupo, de acuerdo, pero la media tiende a salir adelante razonablemente bien.
El caso es que, después de diez mil años o así de historia, nos hemos montado el tinglado capitalista. Y funciona como se esperaba —no como se quería—, es decir, al modo que funciona en la naturaleza: extremo, menos que perfecto, en definitiva, no deseable para cualquiera que sienta que si las cosas se hicieran con un poco de orden y sentido común se podrían mejorar.
Pero es lo que hay. Y, si resulta que no es tan ideal como parecía sobre el papel, ¿de quién es la culpa?
De los ochenta a esta parte los no-productores —incluidos los jóvenes antes de convertirse en productores— hemos aprendido a repetir el mantra: gobiernos malos, empresas malas, policías malos, jueces malos, magnates malos, bancos malos, capitalismo malo. Lo dices y te quedas bien, como vacío, más equilibrado, más cerca del Nirvana. Bajas música pirata y dices que eres un rebelde que lucha contra el poder establecido, eres Neo en Matrix, un revolucionario con el poder de cambiar la realidad.
Lo cierto es que sólo interpretas el papel que le interesa a los que abusan del sistema. Exacta, y completamente. Lo que sería revolucionario hoy es que, por una vez, los consumidores hicieran la parte que les toca para regular la economía, en vez de irse a lo más cómodo, lo más rápido, lo más atractivo.
La idea de Smith, y de Marx, y de muchos otros, era crear un juego económico que fuese justo. Si todos respetasen las reglas, la economía sería justa. Si la mayoría lo hiciese, los tramposos estarían en desventaja, porque no les dejarían participar en el juego. Entonces, ¿por qué la economía parece tender a la injusticia? ¿Porque muchos hacen trampas?
No. Es porque muchos se abstienen de tomar decisiones.
Pongamos, por ejemplo, el caso de la banda ancha en España. La banda ancha en España no es competitiva. Los “consumidores de la rebeldía” se satisfacen a sí mismos denunciando a las empresas de comunicaciones por el abuso. Y, luego, van y pagan. Se suscriben al servicio más caro y cuentan con rentabilizarlo abusando a su vez del sistema. Pero las compañías de telecomunicaciones no editan discos, ni películas, ni libros. Ganan beneficios enormes a costa de las discográficas, los productores, las editoriales. Entonces, estas últimas reaccionan y abusan también del sistema, imponiendo un canon tecnológico.
El resultado es que todo el mundo, apoyado por la masa de consumidores, incluyendo los que consumen las ideas rebeldes, abusa del sistema, y lo convierten en un círculo vicioso de injusticias. Los únicos que pierden realmente son los que no pueden abusar del sistema.
Patrocinar la injusticia y denunciar la injusticia es un acto de hipocresía. Si vas a hacer lo primero, cállate. Si quieres hacer lo segundo, actúa. Ejerce la capacidad que te ha dado el sistema para influir en el mundo, para imponer la justicia.
¿Que la banda ancha es cara? No la contrates. Si no la necesitas por causas profesionales, ¿por qué no aguantas con lo suficiente para lo importante? Hasta que les pique la falta de ventas. Hasta que el mercado se regule e imponga un precio competitivo. Eres tú y sólo tú el que financia el mantenimiento del retraso tecnológico de tu país.
¿Que un disco/película/libro es caro? No lo compres. ¿Es que no puedes vivir sin él? ¿Es que no tienes opciones? ¿De verdad que no las tienes? ¿Te han lavado el cerebro para comprar eso y sólo eso? ¿Tu vida no tiene ninguna alternativa de ocio y cultura? ¿Te vuelves ignorante por acudir a la biblioteca, o por salir de casa e irte a hacer deporte a la playa, o por tener un amigo que te preste sus libros, su música, sus películas?
¿Que tu nuevo PC es caro? Entonces, ¿por qué lo tienes? Sí, párate delante del espejo y dite a la cara: ¿por qué necesitaba comprarlo? ¿Qué me da que no podía conseguir sin él? ¿Qué necesitaba hacer que no hiciera uno mas barato? ¿Mi vida habría sido peor? ¿Realmente?
Si, como a la mayoría de nosotros, te ha tocado ser comehierbas en este mundo, no dejes que te cambien el juego. En el juego de la demanda tú marcas el ritmo. En el juego del abuso, igual que en el colegio, la última hostia te la llevas siempre tú. Crees que te has resarcido del precio de la banda ancha pirateando más, y te han puesto un canon. Encuentra un modo de resarcirte por el canon, vamos. Verás lo que tardan en pegártela. En el camino, le amargáis la existencia a los que no saben o no pueden o no quieren abusar.
Si mañana el mundo fuera ideal, justo, sin tramposos ni consumidores inconscientes, dime, ¿irías a tu carpeta de descargas y borrarías todo lo que no compraste? ¿Y te irías a la biblioteca, o a la filmoteca, o a la playa, o al campo, o con los amigos, o a escuchar la radio, o a un concierto, o a hacer fotos, o a una exposición, o a pasear, o a pedir prestado, cuando te aburrieses? ¿Lo harías? ¿De verdad? ¿Te sientes capaz de hacerlo, de elegir otra opción?

“Y funciona como se esperaba —no como se quería—, es decir, al modo que funciona en la naturaleza: extremo, menos que perfecto, en definitiva, no deseable para cualquiera que sienta que si las cosas se hicieran con un poco de orden y sentido común se podrían mejorar.”
El capitalismo no es en absoluto el “estado natural”. El estado natural es el todos contra todos de Hobbes. O sea, apalear a tu tendero para quedarte con sus mercacías, y que tus vecinos te agredan y roben a tí para quedarse con las tuyas. Nada de recurrir a algo tan abstracto y formalizado como el intercambio de dinero, que asume que los participantes se abstendrán de recurrir a la violencia.
Cada especie capitaliza sus bienes en forma de calorías, compitiendo con sus congéneres por repartirse las calorías del mismo sector y pugnando por evitar que se vuelva muy negativo el balance que pagan a los depredadores respecto a lo que cobran de sus fuentes de alimento.
Si en nuestra economía extraes el factor común de todos los intercambios —lo que deberías obtener exactamente a cambio de lo que das, y que al cerrarse el círculo debería tener un valor nulo—, cualquier desviación de ese intercambio de suma nula es un beneficio o una agresión contra la subsistencia del otro.
Que en el mundo subdesarrollado, al final de toda la cadena de pequeñas “agresiones” económicas, haya gente que pierda tanto como para morir de hambre, es una prueba de que es una forma de violencia. Normalmente esa violencia no pasa del nivel “molesto” de una cachetada, porque disponemos de mucha más movilidad (más opciones) para elegir con quién establecemos los intercambios. Los animales que pueden elegir dónde vivir migran para evitar a los depredadores más agresivos, pagando precios pequeños a estos (algún ejemplar enfermo que queda atrás). Si, como ocurre en un lago en medio de la sabana (un oligopolio), se dispone de pocas opciones de movilidad, las agresiones pueden ser más violentas.
Lo que nos distingue de los animales es que somos conscientes del sistema, podemos anticipar y alterar el equilibrio y a menudo tomamos decisiones como colectivo y no como individuos privados. Un productor puede autorregularse para evitar el agotamiento de su mercado, un depredador simplemente depreda hasta que el sistema lo regula a la fuerza. Todo eso son formas de intervencionismo. Por eso nuestro capitalismo más furibundo aún parece de guante blanco comparado con el capitalismo natural.