En los medios de comunicación es raro oír hablar de los éxitos de las agencias espaciales, al menos con tanto interés como cuando algo sale mal. Para los más críticos, los logros que se alcanzan de superar un problema, como la reparación de las lentes defectuosas del Hubble o el retorno con vida de los astronautas de la misión Apolo 13, cuyos ingenieros fueron homenajeados hace un par de años, no tienen mucho valor si se piensa que el problema no debería haber sucedido en primer lugar. Sin embargo, teniendo en cuenta que todavía estamos ante proyectos pioneros de ingeniería aeroespacial, en un medio tan hostil y complejo como es el espacio y con una experiencia limitada, sabemos que los contratiempos son inevitables. Por eso, superarlos con éxito, gracias al talento de un montón de ingenieros, científicos, supervisores y especialistas es motivo de celebración.
En este caso, es importante ponerse en situación: hace tres días, después de una complicada operación para instalar el módulo Harmony y mover una sección entera de paneles solares de un extremo a otro de la ISS, uno de los paneles se rasgó mientras lo extendían de nuevo —cada par de paneles, formados por bloques de células en un soporte flexible y muy delgado, va unido a un mástil y se pliega como un acordeón—. Esta situación no se había previsto y, aunque los paneles estaban ya extendidos al 80%, no estaban tensos y podían oscilar durante el seguimiento del Sol o los movimientos de la estación.

En sólo tres días, los ingenieros y astronautas tuvieron que:
- reprogramar el último paseo espacial para realizar la reparación en esta misma misión;
- analizar la extensión y naturaleza de los daños;
- diseñar una solución semi-permanente que permitiera extender los paneles;
- instruir a los astronautas en un procedimiento que nunca habían entrenado;
- fabricar el hardware para las reparaciones con lo que había disponible en la estación. En concreto: cables, láminas de aluminio y un montón de cinta aislante;
- cubrir de cinta aislante las partes metálicas del traje de Scott Parazynski para operar junto a un panel que está generando electricidad la mitad del tiempo, durante cada órbita de noventa minutos;
- enganchar a Scott al arnés y subirlo con el brazo mecánico hasta la rotura, a 30 metros de distancia, al límite de extensión —y sin empujarlo contra los delicados paneles;
- higienizar la zona dañada;
- pasar los cables con topes a través de los ojales de los paneles para hacer un “puente” que elimine la tensión de la zona dañada;
- devolver la forma al panel flexible, que estaba combado;
- terminar de extender los paneles;

Y lo hicieron:

Créditos: NASA
El riesgo para Scott era mayor que en un paseo normal, pues estaba colgado durante horas en el extremo del brazo mecánico, en una operación improvisada, expuesto a los micrometeoritos, la electricidad del panel dañado y otros imponderables, y muy lejos de la escotilla si tenía que regresar de forma urgente. Pero la reparación difícilmente podría haber ido mejor. Conforme el panel se estiraba paso a paso hasta alcanzar la máxima extensión, se confirmaba que la misión STS-120 iba a pasar a la historia entre otras cosas como un nuevo éxito de la ingeniería, la habilidad de los astronautas y… la versatilidad de la cinta aislante.









