La divulgación en España se encuentra en un estado lamentable, como me ha recordado este artículo en Cuaderno de bitácora. Uno de los ejemplos que puse hace unos días, creo que durante una cena familiar, era el del envío del módulo Columbus a la Estación Espacial Internacional y la nula repercusión que ha tenido entre la gente de a pie y buena parte de los medios. Columbus es uno de los hitos de Europa en tecnología espacial, al que por cierto seguirá pronto el módulo de transporte automático ATV. Nosotros, los europeos, hemos contribuido un laboratorio de última tecnología a uno de los frentes más desafiantes de la investigación y desarrollo. Esto debería ser un motivo de orgullo; aunque ninguno de nosotros haya estado allí enroscando tornillos, es el sustrato tecnológico e intelectual que creamos entre todos el que permite que estos proyectos sean posibles.
En el pasado, el encuentro de una sonda con un planeta todavía inexplorado era una novedad. En la actualidad, casi nadie se ha enterado de que la sonda MESSENGER pasó junto a Mercurio a principios de 2008 y cartografió regiones nunca vistas por las sondas Mariner. Y uno no pone simplemente una sonda encima de un cohete y la manda a Mercurio: miles de retos se han tenido que superar para llegar hasta una de las regiones más inhóspitas del Sistema Solar.
Un ejemplo de lo que es hacer buena divulgación (en inglés) son los informes de progreso que escribe Marc Rayman del equipo de la misión DAWN como autor invitado en el blog de The Planetary Society —fundada por el mismo Carl Sagan entre otros—. Además de darle un toque de humor y de ingenio, sabe mezclar la ciencia con las referencias populares. Todavía recuerdo cómo en la rueda de prensa previa al lanzamiento de DAWN se metió a los periodistas en el bolsillo con sus comparaciones con las naves de Star Wars.
En España no tenemos muchas figuras prominentes de la divulgación (Juan Luís Arsuaga y Manuel Toharia, cuando respondía preguntas en la radio, son los que puedo recordar de memoria) y la mayoría recibe la atención de los medios de forma muy esporádica. Las revistas de ciencia para la sobremesa de la peluquería o el dentista realizan su parte habitual de divulgación pero, de un tiempo a esta parte, en esa clase de publicaciones el contenido se ha vuelto el continente para la publicidad. Gracias a alguna vieja colección de ejemplares guardada en el armario, incluso yo que me sorbía los mocos a principios de los ochenta he podido comparar el estilo de entonces con el de ahora, y lo que reflejan son dos culturas totalmente distintas respecto a la divulgación de la ciencia.
Quizá el indicador más fiable de la salud divulgativa es la presencia de la ciencia en los medios generales. Es cierto que, en los últimos años, gracias a la red y a la televisión por cable, hay un pequeño boom de la ciencia friki, o de las frikadas científicas, según se mire. Pero, y es algo que me duele ver cada vez que consulto las secciones de ciencia en los medios principales, la divulgación se sigue metiendo en los apartados de «Sociedad», entre los anuncios clasificados y la programación de la televisión. Sin una divulgación adecuada no sólo no hay conocimiento de los avances de la humanidad, sino tampoco de los posibles riesgos de la ciencia y la tecnología, de los cuales solo se puede ser consciente con una base apropiada y no por el popular boca-oído.
No toda la culpa es de una posible falta de aptitud literaria de los divulgadores en sí, la responsabilidad también se puede aplicar en parte al ambiente social. La «épica cultural» está mal vista —lo cual es lógico viendo los desmanes del siglo pasado—, pero hemos perdido con ella la capacidad de sentir orgullo por nuestros avances y esfuerzos conjuntos. El modernismo y su interés por el progreso y el futuro ha sido machacado sin piedad por esa especie de síndrome sarcástico-depresivo colectivo de los intelectuales actuales. Es decir, aumentar la difusión de la ciencia y la vocación cientificotecnológica de la gente probablemente pase más por una labor de ingeniería social que por dar clases de escritura creativa a los científicos. Con una «moda cultural» distinta surgirían intereses distintos y con unos intereses distintos puede que el conocimiento y el pensamiento científico se revaloricen.
