“Ahora, Aliocha, voy a confesarme a ti, a ti solo, para que sepas quién soy. Yo quería perderte. Tanto lo deseaba, que compré a Rakitine para que te trajera. ¿Por qué tenía yo este deseo? Tú, ni sabías nada ni querías nada conmigo. Cuando pasabas por mi lado, bajabas los ojos. Yo preguntaba a la gente por ti. Tu imagen me perseguía. Yo pensaba: «Me desprecia. Ni siquiera quiere mirarme». Al fin, me pregunté, sorprendida: «¿Por qué temer a ese jovenzuelo? Haré de él lo que se me antoje.»”
– Los hermanos Karamázov, Fiódor M. Dostoievski









