Hay cosas que te enervan cuando eres un no-posmodernista declarado.
El País.- Nocilla experience participa de lo que cierta crítica denominó “literatura zapping”. Personajes que vienen, van y no entienden de nudos y desenlaces. Apropiaciones de textos ajenos en nombre del “noble arte del reciclaje”. Lugares nunca visitados […] que sirven como metáforas emocionales. Historias que se sabe cómo empiezan pero no cuándo terminan.
El posmodernismo, es decir, la cultura de lo kitsch, lo popular, el presente, el pastiche, lo anecdótico, no es ningún invento de una nueva generación. Fue postulado a finales de los 70 y posiblemente se podría extender aún más al inicio de la época Pop. Nótese que es una corriente que reacciona contra el modernismo, un movimiento cultural de principios del siglo XX. En 2008, pues, sugerir que una obra posmodernista puede renovar el escenario literario resulta casi esperpéntico. Imaginad que un escultor exhibe una obra de estilo dadaísta (1916-1920) y, debido a su apariencia irracional, los medios afirman que rompe con lo anterior calificándola de innovadora y vanguardista. Es la historia de siempre, «si es raro, debe de ser nuevo».
Lo que me fastidia es que una generación inmediatamente anterior a la mía (1960-1976) y, en consecuencia, de autores jóvenes, pueda ser encasillada en un patrón tan continuista y sumiso a la cultura del mínimo común denominador, así como que se alabe su «habilidad» para amoldarse a las dinámicas de mercado. Se trata, en realidad, de una literatura spam, basada en «ideas clave», ocultación del propósito y contenidos postizos. ¿Es eso todo lo que se espera de los jóvenes creadores? ¿No nos ven capaces de hacer nada mejor que montar pastiches de lugares comunes aptos para titulares-chascarrillo?
Cuando yo iba a la escuela, detestaba los sombríos bocadillos de nocilla. La nocilla no casaba con el sabor y la textura del pan, cuando tenía demasiada empachaba y se salía, cuando no tenía suficiente resultaba pesada y farragosa, además su acidez era indigesta y el azúcar se te quedaba en los dientes el resto de la mañana. Cuando yo iba a la escuela, prefería mil veces los bocadillos de jamón con rodajas de tomate. Eran sabrosos, jugosos, tenían cereales, proteína y verdura y los sabores se acompañaban de maravilla. Aquellos sí eran señores bocadillos, bocadillos memorables. Si tuviera que definir mi generación, no tomaría por seña de identidad la primera cosa que la distinguiera de las anteriores. Porque hay diferencias que valen la pena y diferencias que no, hacer algo diferente no vale nada per se si no aporta nada y no es valioso comparado con lo anterior. En un almuerzo de receta innovadora esperas algo que sea mejor en algún sentido que el bocata clásico de jamón, no algo fácilmente inferior, como el bocata de nocilla, definido solo por una efímera nostalgia cultural.

Estimado Francisco, saludos. Descubro tu blog a partir de tu comentario en El País, y me llama mucho la atención, prometo bucear en tu literatura transgénica porque todo lo nuevo me interesa, como crítico literario que soy.
Entiendo tu enfado, pero creo que has reducido demasiado tu espectro, si piensas que tanto la propuesta de AFMallo como la de los demás componentes de Mutantes se reduce a lo que pones ahí arriba. Tengo un libro de ensayos, “La luz nueva”, donde explico tanto lo que sería hoy un posmodernismo narrativo como las primeras formas (no las únicas, por supuesto) de superación. No te lo digo para que te lo compres, si me escribes al correo electrónico que te he dejado, te envío el pdf del libro, lo lees, y luego comentas, ya con todos los argumentos en la mano. Verás como la propuesta de alguno de estos autores sí que merece la pena y desde luego es un paso más allá del posmodernismo. Un cordial saludo desde el desierto transatlántico, donde por cierto casi todo lo que compro en las tiendas es transgénico…
Siento estar hipersensibilizado con este tema. Cuando la generación que te precede convierte la negación de los sistemas en el último sistema válido, se está arrogando la ventaja de la sistematización y cuestionando al mismo tiempo cualquier arquitectura literaria que la siga. Visto así en blanco o negro suena incómodo, aunque por supuesto la realidad es mucho más gris.
Yo vengo del realismo conjetural o realismo especulativo, que se ha criado en el mundo marginal de la literatura de anticipación y en torno a un par de revistas literarias digitales argentinas. El problema que plantea el posmodernismo es más acusado dentro de géneros narrativos como la ucronía, la utopía o la distopía, ya que si bien estas literaturas surgen a menudo de la crítica de los sistemas, su valor reside justamente en la trascendencia de la crítica.
Personalmente no estoy en condiciones de aportar mucho a una teoría del pos-posmodernismo. Mis textos de referencia preferidos son los de Mikhail Epstein sobre el metarrealismo y la literatura de las realidades potenciales:
http://www.emory.edu/INTELNET/e.pm.concept.metareal.html
http://www.emory.edu/INTELNET/virt_libr.html
http://en.wikipedia.org/wiki/Mikhail_Epstein
Seguiré todas esas pistas, sólo espero que no estés molesto con quienes nada (a mi juicio) te han o te hemos hecho. Yo prefiero debatir y hablar a pelearme o intentar imponer mis juicios. Espero que tú seas así también. Un cordial saludo.
¡Claro! Después de todo, mi punto de vista es la multiplicidad de puntos de vista. En este caso, sería fabuloso que los artículos periodísticos tuvieran más profundidad histórica para identificar y comunicar la parte novedosa de un planteamiento.
Saludos.
Como Vicente Luis Mora, también he descubierto tu blog por la referencia en El País, y te felicito tanto por el diseño como por el contenido.
En cuanto al tema concreto de esta entrada, y sin entrar en honduras académicas, te diré que comparto tu punto de vista sobre el mal uso que se hace, por parte de los medios, de términos y etiquetas con el único fin de mercantilizar cualquier producto cultural.
He leído “La luz nueva” de Vicente Luis Mora, y es cierto que apunta algunas líneas interesantes en cuanto a clasificación (muy sui generis) de los nuevos narradores españoles. No obstante, todo esto me suscita dos ideas bastante claras.
La primera, que cualquier clasificación que tenga cierta validez sólo puede hacerse con una perspectiva temporal amplia. Tratar de catalogar a los autores con criterios exclusivamente mercantiles es absurdo, pero también lo es tratar de etiquetarlos como método de estudio. Javier Calvo (lo cito porque acabo de terminar “Mundo maravilloso”) está muy alejado de una propuesta como la de Agustín Fernández Mallo, por ejemplo, aunque se les suele incluir en el mismo saco. E imagino que así ocurre con otros tantos escritores agrupados bajo una misma etiqueta.
La segunda idea es que, como dice el autor de esta entrada, pareciera que se relajan (que relajamos todos, en verdad) los criterios de calidad para dar cabida a propuestas que tienen poco de novedoso y, en muchas ocasiones, nada de enjundia. Y hablo, concretamente, del Proyecto Nocilla de Fernández Mallo, que me parece un ejemplo del mucho-ruido-y-pocas-nueces al que tenemos que asistir cada vez que alguien que no sea Vila-Matas o Cercas publica algo. La literatura del corto y pego, del extracto, del fragmento, debería estar ya superada. Deberíamos prestar atención al fondo de lo que se nos ofrece y rastrear un compromiso, una idea, una postura; algo que no encuentro en Fernández Mallo, por seguir con el ejemplo, aunque apenas he buceado más en los autores de esta “generación”.
Se agradece mucho que gente como Vicente Luis Mora teorice y proponga debates sobre el tema, porque también soy de la opinión de que es importante discutir y exponer. Al menos, así no dejamos que Babelia, Cultura/s o El Cultural nos traten de vender inexistentes fenómenos literarios.
Un saludo a todos.
Gracias Sr. Molina. A los que lleguen aquí seguramente les interese pasar por tu blog y leer el artículo sobre este mismo tema.
Hola, en primer lugar, quiero felicitarte por tu blog Fran, también lo he descubierto por la referencia en El País.
El tema que tratais me parece de lo más interesante, aunque dista de ser novedoso, como apuntaba el dueño del blog. ¿Cuánto hace que Lyotard o Lipovetsky hablaban de esto? ¿treinta años? ¿venticinco? Personalmente, la mayoría de las veces que se me presenta un poeta posmoderno, una novela posmoderna o un mono con sombrero posmoderno, pues dudo; y dudo por una simple razón: me parece sospechoso etiquetar un producto artístico tan a la ligera, sobre todo por las connotaciones de la etiqueta: novedoso, raro, excéntrico, etc. Me lleva a pensar que el autor de la obra antes de empezar a trabajar se pregunta ¿cómo tengo que escribir para ser un posmoderno? ¿Cómo tengo que hablar? ¿Qué tengo que decir sobre mi obra? Me consta que en algunas facultades de Bellas Artes, se esfuerzan mucho por enseñarte a vender tu obra. Parece que se olvidan del talento.
Bueno, la toma de contacto con la obra, la mayoría de las veces confirma las dudas: es un “corta y pega” además de un “usar y tirar (y olvidar)”. A veces también hay sorpresas, y uno se encuentra con cosas interesantes, pero son las menos.
En mi opinión, esto no hace sino dificultar el trabajo del lector/receptor, que debe poner en marcha “novedosas (o arcaicas)” estrategias, para dar con obras que merezcan la pena, del tipo “boca a boca”, “blog a blog” o críticos en quien confiar. Y quizás sea aquí donde está el posmodernismo y no en esas obras etiqueta que pretenden vendernos.
Saludos para todos.
Buenas noches:
De casualidad que he llegado hasta este invernadero transgénico, y tiene buenas plantas que mirar. Al margen de criterios mercantiles, (y de la novedad relativa que suponga para ese mercado el proyecto que se queda entre los dientes después del recreo), hablar de lo que es la lectura de la “experience” o el futuro “lab” no da mucho más que confirmar lo que constituye el libro, y quizás el siguiente: un conjunto refractario a un análisis, si queréis verlo así, “tardomoderno”. Y esto es intencionado a la vez que logíco, por lo que dicen sus entrevistas, y por la poética narrativa que defiende. Entiendo la sensación de algunos comentarios de “más de lo mismo desde hace treinta años”, en más de un motivo, creo que lo sorprendente para muchos es que sea esta la sorpresa del momento, algo que indica más la situación que la circunda que hablar de la calidad del libro (que la tiene sin duda a mi entender, pero eso es otra historia) La contradicción posible, con la que estaría de acuerdo con bastantes personas, supongo, viene del contexto en que se produce; en gran parte porque siendo una anomalía, o un monstruo, …dream y experience se apartan de la costumbre, y no tanto, como habéis señalado, pero lo suficiente como para destacar algo más que otras propuestas orgánicas o transgénicas. Un saludo y hasta otra.
PS: Acabo de recordar cómo en Los trazos de la canción, Bruce Chatwin introdujo numerosos recortes personales de sus cuadernos de notas. Los fragmentos son mucho más breves, pero ya entonces (1987), se hablaba de estas cosas, y diez años antes, En la Patagonia proponía un híbrido literario muy digno de interés.
Francisco, me gustaría leer algún ejemplo tuyo de literatura transgénica. No la teoría, sino la práctica, algún relato. ¿Dónde puedo encontrarlo? Saludos.
De forma rudimentaria y sobre todo por el tema, este.
No creo que haya conseguido aún juntar todos los rasgos de una obra transgénica en una misma historia. A decir verdad, mucho de lo que he hecho se podría directamente calificar de infame, transgénico o no. Casi debo rogarte que no husmees demasiado en la red.
Bueno, bueno, me topo de bruces con tu covacha y, aunque no llego por el citado artículo del País, sí me interesa mucho el debate que se ha montado… Mi pregunta tras lo leído es… ¿es transgénico el posposmodernismo?… y en ese caso, ¿está 0% libre de gluten?…
Y ahora hablando más en serio, hay algo que está claro: la etiqueta “generación nocilla” vino impuesta por los medios, no por los escritores que “se supone” componen su nómina. A falta de leer el recién salido “Nocilla Experience”, “Nocilla Dream” me pareció una proposición interesante e innovadora, que daba cien vueltas a la mayoría de lo que se había editado en aquel momento en lengua castellana. Trabajé durante un tiempo en una librería y mucha gente vino preguntando que qué tal “Nocilla Dream” para regalárselo a su hermana o a su amiga del alma, y aunque yo hubiese querido contestar: “Bien, es algo así como “París-Texas” en los tiempos del ProtoNeuromante”, me resignaba y decía algo así como -por aquello de hacerme entender y no ser despedido-, “está bien para gente joven, sobre todo si te gusta la cultura pop”… Hay que etiquetar, desbrozar en grumos pequeñísimos la cultura, Fran; darla mascadita y envuelta en colores de chimos o emanems, de lo contrario el cada vez más estrecho esófago del público lecto-espectador no tiene nada que hacer: sale despavorido a poner “Sé lo que hicistéis la última semana”.
Saludos.
Javier.
Hay un dicho sobre la idiotez que se podría aplicar a la competencia con los medios tontos: «nunca discutas con un idiota: te rebajará a su nivel y te derrotará con experiencia». Si se rebaja completamente la literatura —o cualquier otra forma de arte— a un estado superficial e intrascendente, se sacrifica su mayor valor añadido para recolectar las migajas que dejan medios más competitivos en esto del refrito.
Hoy en día la gente no tiene apenas «fe» (en un sentido laico) en la narrativa. No esperan que salga nada importante de ella, no le encuentran una identidad, un planteamiento, una intencionalidad propios. Es decir, en mi opinión, volverla tan «tonta» como el video es lo que causa el desinterés de la gente y no su consecuencia.
¿De verdad crees eso, Fran? Siento diferir. Tú dices que la “maquinaria cultural” produce basura porque el receptor de la misma ya es lo que espera de ella. Yo en cambio pienso que se produce basura porque apenas existe un “receptor cultural” que se interese por otra cosa que una cultura fast food, además hipermasticada. De rumiársela se encargan los medios.
En este caso pareces ser tú quien tienes una del todo loable, aunque ingenua a mi tenor, fe en la raza humana. Yo he visto demasiados libros buenos pudriéndose de asco en las estanterías mientras Dan Brown e Ildefonso Falcones se hacían de oro como para creer en otra cosa que no sea una moral de francotiradores…
Un saludo.
También uno ha visto pudrirse demasiadas veces,Javier. Cuando se dice antes “Si se rebaja completamente la literatura —o cualquier otra forma de arte— a un estado superficial e intrascendente, se sacrifica su mayor valor añadido para recolectar las migajas que dejan medios más competitivos en esto del refrito.”, no puedo aceptarlo más que como condición previa y reduccionista. El poder transformador de los campos artísticos, o de los medios de formación de masas, a lo García Calvo, escapa a la voluntad de los lectores -readership es una palabra más adecuada para lo que quiero decir, pero bueno-. Como escribió Kundera en Testamentos traicionados, se puede entrar en trance tocando algo que no es música, y sin duda es posible “sentir el poder de la literatura” con migajas o panes duros. Cada uno tiene su lista y hasta habrá leído algún libro de esos.
En cuanto a la moral de francotiradores, y ya pido disculpas por entrar sin llamar a la covacha, mejor sin gluten. La contradicción, a mi modo de ver, es que se ha dicho tantas veces aquello de la renovación, la novedad que supone, que también forma parte -involuntariamente- de una esquina minúscula del mismo entramado comercial que rodea al chiki chiki literario en letra de Sergi Bellver.
Lo peor no son los autores. La mayor dificultad que veo para el éxito de propuestas no fragmentarias en cuanto a criterio compositivo (post postmodernas, afterpoppies?)es la falta de atención: para estados de carácter no pasivo, hace falta entrenamiento igual que para pasar niveles. Muchas veces me parece que la sensación que tengo leyendo algunas de estas obras es la de alguien describiendo los colores, el grano y las luces, procedentes de una pantalla, pero no lo que cuentan las imágenes,y echo de menos algo más, aunque sea un fallo en mi programación, no hay que descartarlo. Un saludo.
carlos maiques
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Ampliación del campo de batalla en Afterpost:
1a parte
http://afterpost.wordpress.com/2008/03/09/afm-experience-10/
2a parte
http://afterpost.wordpress.com/2008/03/14/agustin-fernandez-mallo-nocilla-experience-21/
Un dato más: Creo que fue Care Santos quien hizo la definición de “el ejemplo de literatura zapping de temporada”, o algo muy parecido en las páginas de El Cultural. Con esta opinión personal, se podría plantear(la presencia de la autora en distintos lugares de lo llamaríamos mercado literario, en los que llega a coincidir con propuestas de mayor o menor calidad y compromiso aparte), si esta clase de comentario señala que hay un hueco a rellenar, sin entrar en consideración sobre su modernidad, vigencia o importancia al compararse con el resto de propuestas (no tan)posmodernas. En muchos casos, hay libros que en apariencia sólo atraen un tipo de lectores, como lo fue la campaña de lanzamiento de Reservoir Books de Mondadori años ha. En mi caso, lo que se me hace extraño es el grado de digestión previa a que nos sometemos diariamente; esa lectura constante acompañado de tags llenos de sugerencias: “te gustará si…”. Todo ello con una defensa a ultranza del individuo y de la personalidad, auspiciado precisamente por la inmensidad casi inevitable del mercado. Qué opinas al respecto? Otro saludo.
carlos maiques
Es cierto que hay grandes nichos de lectores «casuales» que realmente solo necesitan llenar un interés puntual por la lectura. Estos suelen ser el objetivo principal del marketing, pero no son lectores selectivos: en tanto la lectura sea accesible, les sirve igual un Haruki Murakami, un Ken Follet o un Dan Brown. En ese sentido, puede que para la imaginación un tanto obtusa de los publicistas sea más fácil vender obras que les dan una excusa (”moderno”, “innovador”, “con oxígeno activo”), y que, en ese sentido, el nicho que exploten estas obras no esté emplazado en el público, sino en los editores/publicistas que se limitan a los procedimientos estándar para comercializar sus libros.
Hola. Creo que lo de la imaginación un tanto obtusa de los publicistas es algo inexacto;como sólo buscan la utilidad de su trabajo, esta se ajustará a los requisitos previstos para la venta del producto -un coche, una plancha, un libro…-, razón por la que distintos lenguajes de venta son colocados en la parrilla de salida. Es probable, como dices entonces, que sean los mismos editores/publicistas los que tengan más empeño con otros por saber que (¿por fin?)se encuentran con un producto que juzgan más compacto, pero igualmente vendible. Al margen de lectores no selectivos, el hecho de llamar la atención de otros que sí lo son tan sólo dirige lo mínimo su campo de visión, coincidiendo con las palabras clave que su criterio de selección persigue, ya sean estas “modernas”, “innovadoras”,o bien “un clásico de nuestro tiempo”, “la gran novela de la familia disfuncional”. El procedimiento estándar que comentas, por desgracia, afecta casi todas las áreas de nuestro entorno, y contamina en un grado altísimo nuestra vida. Un saludo.
Bueno, creo que en los últimos tres comentarios se ha formado un patiburrillo de cruces y referencias y equívocos difícil de desleír. En todo caso, Carlos, hago mías las alusiones a lo de ver pudrirse los libros en los estantes y a los francotiradores sin gluten, pero no lo de las migajas y el refrito, que esas fueron respuestas de Fran a mi previo comentario. Al César lo que es del César.
Que Todo y todos formamos parte del entramado comercial, incluso la vertiente más afterpopera de las letras… Por supuesto. Que quién no ha leído un Ken Follett o un Zafón… No te diré que no…
Ahora bien, no seré yo quien me parta la cara por un libro como “La Catedral del Mar”, por ejemplo. Por un “Nocilla Dream” o un “Putas es Poco” o un “Circular 07″, en cambio, sí que me verás en primera línea de frente.
En cuanto a lo de “te gustará si bla bla bla…” Qué quieres que te diga, de algún modo hay que hacerlo. Cómo venderías tú, no ya un “Nocilla”, una triste “Isla del Tesoro” a chavales que únicamente leen lo que les viene impuesto en sus cada vez más reducidas horas de literatura en la escuela, y te entran al trapo pidiéndote “La Odisea” de “un tal Jómer” o “la versión más reducida que tengas” de “La Metamorfosis”… Porque debatir así en plan etéreo e informal sobre lo que se cuece o se deja de cocer en los cenáculos literarios está de puta madre, qué duda cabe. Pero luego hay que bajar también de vez en cuando al lodazal de la realidad, al último eslabón de la cadena, y ver cómo está el percal. Verdún va a quedarse corto en comparación con lo que se avecina…
Javier.
“De un tal Jómer”, qué barbaridad. Tienes razón, al César lo que es del César.Por otro lado, sé lo que dices. Conozco un caso de un profesor universitario que le discutió a una amiga mía de la facultad la inclusión de un libro en el programa de estudios porque tenía más de 250 páqinas… Y cuando he dado clases, algunas referencias son inútiles porque han dejado de existir, sin más, de la poda que se hace cada temporada. Verdún, como dices, es muy poco. Y hablo de hace cinco años, no sé cómo irá la versión reducida ahora mismo.
El que no quería leer más de 250 páginas era el profesor, por si no había quedado claro.
Si yo te contara lo que llega uno a escuchar y ver trabajando en una librería… “Yo he oído cosas que no creeríais”, que diría el Batty.