Hoy, el día después de las elecciones, se pueden leer artículos y columnas lamentando el bipartidismo de un modo que parece insinuar tanto que la culpa es de la molicie o el exceso de pragmatismo de los votantes, como que es antinatural y democráticamente insalubre que se deje de votar a los partidos minoritarios de siempre.
Personalmente, no estoy nada de acuerdo con eso. La culpa de la acentuación del bipartidismo es, casi exclusivamente, de los mismos partidos que han perdido los votos. ¿En qué se han actualizado las propuestas de PNV, ERC o IU durante los últimos cuatro años? En poco. ¿Y durante los últimos treinta años? A la gente que como yo ni siquiera hemos vivido la Transición no nos pesan mucho las resonancias ideológicas del pasado o los réditos históricos. Por un lado, el independentismo tal como se concebía hace treinta años, en un mundo más geográfico y etnográfico que el actual, parece ahora un anacronismo. No es fácil inculcar en la gente de a pie la idea de fronteras rocosas cuando puedes cruzar la Península en media mañana y en la calle se hablan tantos idiomas como países de origen tiene la inmigración. Por otro lado, puedo garantizarle a quien me pregunte que no más de dos o tres jóvenes de cada cien sabe qué es Izquierda Unida. Es decir, aparte de que está más a la izquierda que el PSOE y que tiene algo que ver con el Partido Comunista, nadie salvo los veteranos parece saber decir muy bien qué planteamiento alternativo ofrece. ¿Por qué se supone, pues, que la gente debería seguir votando a partidos cuya raison d’être parece difuminarse entre las nieblas del pasado? Si votar a los dos partidos mayoritarios es (supuestamente) una actitud acomodaticia, ¿no lo es igualmente votar a partidos más pequeños que mantienen el mismo programa desde hace una generación?
Véase si no el caso de UPyD, el partido de Rosa Díez y Fernando Savater. Dos personajes con una idiosincrasia particular —que a mí no me atrae demasiado, pero que supone una novedad sobre lo anterior—, y con una posición extremadamente clara y actual: un centro o centro-izquierda que se opone a la negociación con ETA y a las concesiones a los nacionalismos. En solo cuatro meses han conseguido un escaño, que es la mitad de los que ahora tiene IU. Lo cual es un buen indicio de que la gente sí está dispuesta a considerar otras opciones, pero entendiéndose «otras opciones» por algo diferente a lo mismo de los últimos treinta años. ¿Tan difícil es ofrecer programas alternativos claros y actuales? Los que se lamenten hoy de haber perdido variedad en el Parlamento, podrían ir pensando en cómo echarle un poco de imaginación a las elecciones de dentro de cuatro años.










Sin quitarle importancia al programa de cada uno, también hay que decir que buena parte del mass media está viciado por el control directo o indirecto de ambos partidos, y eso ya supone una dificultad importante de cara a conocer otras opciones. Y no todos cuentan con rostros mediáticos como Rosa Díez,claro.
Luego está el asunto de la ley electoral y comparar escaños y votos de unos y otros, pero eso sólo aliviaría en parte.
Con mayor o menor cuota mediática, yo no recuerdo a los líderes de los partidos más perjudicados dedicados a otra cosa a lo largo de la legislatura que a comentar las jugadas de los grandes. Y estoy seguro de que hay gente mediática afiliada a todos esos partidos.