« Arthur C. Clarke and the Golden Age
» Consistency and life

¿Por qué nos cuesta tanto hablar en inglés?

El País.- ¿Qué es un español? Alguien que se pasa su vida aprendiendo inglés. Y, se podría añadir, que nunca lo aprende. Búlgaros, húngaros y turcos son los únicos que alegan hablar menos inglés que los españoles. El 65% de los españoles reconoce que no es capaz de hablar, ni de leer ni de escribir en ese idioma. ¿Por qué lo hablamos tan mal?

No sé si tendrá más valor dicho desde un blog bilingüe inglés-español por alguien que estudia Filología Inglesa en la UNED. Pero, en mi pobre juicio, lo lógico sería que los alumnos de los países con lenguas de sustrato romance aprendieran siempre tres idiomas: el nativo, un segundo idioma romance con vocación internacional, a ser posible Interlingua, y ya como tercer idioma, inglés u otro de gran importancia económica (la supervivencia está en la diversificación). Lo primero sería garantizar una capacidad elevada de intercomunicación dentro de un área suficientemente grande y, luego, cuanta intercomunicación sea posible en la lengua de intercambio que esté en boga. Nótese que, para los que hemos nacido en algunas regiones, esto ya es lo habitual: aprendemos dos lenguas romances además del inglés. A riesgo de pecar de utopismo ingenuo, me gustaría ver a los países de la esfera romance sentándose juntos para adoptar Interlingua como segunda lengua común; entre otras razones, para tratar de unir fuerzas en entornos como la Unión Europea, donde puede que el italiano, el español, el portugués y el rumano, por separado, tengan difícil competir contra el trilingüísmo francés/inglés/alemán.

Por otro lado, si la economía global puede ser índice en alguna medida de la preeminencia de una lengua sobre las demás, quizá no sea del todo descabellado pensar que hace cinco años había más motivos para aprender inglés que en la actualidad (descontando los casos como el del que escribe, que lo aprendió para acceder a un repertorio cultural), y que la tendencia para el futuro no es necesariamente de crecimiento. Si se han de realizar fuertes inversiones para la educación en inglés, cuando menos se debería presionar a los países anglosajones para que, antes, normalicen su lengua en una Academia (cosa en la que fracasaron tres veces en el pasado) para que su auge dependa de su solidez intrínseca y no de los volubles factores económicos.

Por último, aun a pesar de la utilidad evidente del inglés en este momento, no habría que dejar de estar alerta ante las posibles necesidades creadas por sectores como la enseñanza de inglés o el cine (que preferiría no pasar por el proceso de doblaje para no dar tanto tiempo a la piratería). El peso económico de la publicidad de estos sectores en los medios eventualmente puede invitar a favorecer las noticias o «estadísticas» que creen inquietud sobre el aprendizaje del inglés.

Lo que es evidente es que el uso del inglés como lengua vehicular no es, dentro de todas las posibilidades que se podrían imaginar, la opción ideal para los hablantes de español con una necesidad casual y esporádica de intercomunicación. La fonética es la parte más sensible a la falta de práctica, y esa es la parte más «extraña» del inglés para muchos hispanohablantes. Además de ser un idioma de sílabas con finalización cerrada, frente a la finalización abierta del español, los mismos lingüístas nativos han señalado a menudo la incongruencia de la realización fonética del inglés. Es famoso el ejemplo del escritor George Bernard Shaw, defensor de una regularización fonética del inglés, cuando preguntó cómo se debía pronunciar la palabra imaginaria ghoti. La respuesta era fish (pescado), si se pronunciaba gh como en rough, o como en women, y ti como en nation. Es decir, el inglés como lengua internacional tiene una importante flaqueza (posiblemente agravada por la ausencia de una Academia), que ha sido compensada por la preeminencia económica de su área geográfica, pero que dificultaría su subsistencia si mañana mismo una recesión dejara los EEUU en una situación desfavorable. Teniendo en cuenta que la instauración de una lengua vehicular internacional es un proyecto «comparable», en términos de progreso de nuestra civilización, a, por ejemplo, la construccion de varias estaciones espaciales o la lucha contra el cáncer, se podría desear el mismo nivel de compromiso técnico y científico en la selección de las «especificaciones» de este proyecto. Es mucho más práctico y sensato empezar por instaurar idiomas comunes de aprendizaje rápido y vocación internacional en las áreas de hablas similares, de tal modo que la mayor parte del mundo hable tres o cuatro idiomas uniformes con un alto nivel de habilidad, que no comprometerse asumiendo riesgos de futuro con un idioma que da acceso a una gran cantidad de cultura ya escrita, pero va a ralentizar durante mucho tiempo la intercomunicación activa por sus deficiencias y su falta de adecuación para algunos hablantes.

have your say

:

:


« Arthur C. Clarke and the Golden Age
» Consistency and life