La última ocasión en que leí un libro en la pantalla fue con Beowulf. El poema tiene más de tres mil versos y para interpretarlos correctamente hace falta tener a mano un buen comentario filológico. La lectura me llevó varias tardes y, tras ella, saqué dos conclusiones:
- era difícil permanecer inmerso en la historia sin que el brillo de la pantalla y la interfaz no disminuyeran la concentración;
- era muy práctico poder leer el libro teniendo a mano una fuente de consulta instantánea.
No sabría decir cuál fue el primer libro que leí en un ordenador personal, posiblemente The War of the Worlds de H. G. Wells o The Tempest de William Shakespeare. Pese a la incomodidad de mantener la vista fija en una superficie retroiluminada con calidades y tipografías tirando a discutibles, cuando acabo el libro, sea mejor o peor en sí, tengo la sensación positiva de haber aprovechado el texto de una forma diferente. El ordenador no proporciona ventajas tan importantes como para abandonar el libro impreso por el digital, pero sí que invita a pensar en él como opción.
Cuando se lee un libro en la pantalla, se emplean de forma inconsciente una serie de hábitos que no se adquieren igual con el libro impreso. En la pantalla el contenido avanza añadiendo más texto cuando se empieza a acabar, mientras en el papel más que añadir, se va buscando visual y manualmente el texto que sigue. Si en la pantalla se adquiere la información textual en porciones continuas con una concentración más somera, en el papel se leen unas seiscientas palabras sin interrupción. Por otro lado, el texto en la pantalla suele estar presentado en un tamaño de fuente mayor y más despejado que en el texto impreso, lo que permite registrar las palabras con rapidez —el cerebro en realidad capta la forma de las letras antes de leerlas—, haciendo más uso de la memoria visual que de la interpretación directa del texto.
Comparando unas lecturas con otras, está claro que el libro impreso permite mejor una lectura profunda. Leer Los hermanos Karamázov (970 páginas en la edición de bolsillo de Planeta) con la falta de concentración que da la pantalla sería agotador. Sin embargo, el Ulysses de James Joyce puede ganar mucho leído en el ordenador, siguiendo las referencias de forma simultánea o vía hipertexto sin tener que recurrir a un engorroso apéndice de anotaciones.
Debo decir que nunca me he encontrado un libro digital que le sacara todo el provecho al medio, pero, aun así, contando con las incomodidades, ninguna de mis lecturas digitales ha sido decepcionante frente a una edición en papel. Poder llevar los textos del Proyecto Gutenberg en el PocketPC y aprovechar cualquier instante para continuar la lectura de algún libro siempre ha sido una ventaja frente a la alternativa de acarrear a todas partes una copia de The Scarlett Letter o de Uncle Tom’s Cabin.









