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Amstetten, Austria y la psicología criminal

El otro día el Guardian traía un interesante análisis de Thomas Glavinic, un importante autor austriaco, sobre la incidencia reciente de ciertos casos «fuera de lo común» en su país:

The Guardian.- En 2006, tuvimos a Natascha Kampusch, de 18 años, que se las arregló para liberarse a sí misma de su prisión de clausura tras ocho años.[…]

Está tambien el curioso caso de un alcalde envenenado por un bombón rellenado con estricnina, y el caso de Franz Fuchs, un neo-nazi que escondió bombas en escuelas bilingües […]

El artículo sigue haciendo notar lo puritana y cerrada que, según el autor, es la población menos cosmopolita y más católica de Austria, hasta el punto de que, dice, está más preocupada por el daño a la imagen de la vida sexual dentro de la familia que pueda proyectar este caso que del hecho de que alguien haya podido tener a otras personas encerradas durante décadas en un sótano.

Si fuera cierto que una parte de la población austriaca vive preocupada por la contención sexual, por mantener su parcela personal dentro de las paredes de su casa y por proteger un estilo de vida ordenado, armónico y ortodoxo, es de suponer que ese sea el entorno común en el que surgieron tanto el monstruo de Amstetten como el caso de 2006.

Si habéis leído alguna vez «Los crímenes de la calle Morgue» de Edgar Allan Poe es imposible que no recordéis el pasaje inicial, cuando ambos personajes pasean por la calle y uno demuestra al otro con un truco psicológico qué fácil es que el hilo de los pensamientos de la gente se condicione de una forma predecible por aquello que le rodea:

Yo estaba seguro de que no podía usted pronunciar para sí la palabra «estereotomía» sin que esto le llevara a pensar en los átomos, y, por consiguiente, en las teorías de Epicuro. Y como quiera que no hace mucho rato discutíamos este tema, le hice notar a usted de qué modo tan singular y, sin que ello haya sido muy notado, las vagas conjeturas de ese noble griego han encontrado en la reciente cosmogonía nebular su confirmación. He comprendido por esto que no podía usted resistir a la tentación de levantar sus ojos a la gran nebula de Orión y, con toda seguridad, he esperado que usted lo hiciera. En efecto, usted ha mirado a lo alto, y he adquirido entonces la certeza de haber seguido correctamente el hilo de sus pensamientos.

Cuando un mismo suceso influye a la vez a varios individuos, se pueden producir casos como los tiroteos en escuelas de los EEUU, un fenómeno casi exclusivo de ese país (en una entrada anterior sobre el Efecto Rashomon recomendé un estudio relacionado con uno de estos sucesos), o el del «caso de Glico-Morinaga». En el caso Glico-Morinaga, que incluyó un secuestro y una serie de extorsiones e impactó profundamente a la sociedad japonesa en 1984, una de las amenazas fue la siguiente:

El 10 de mayo, Glico empezó a recibir cartas de una persona o grupo que se denominaba a sí mismo «El monstruo de las 21 caras» afirmando que habían recubierto sus caramelos con una solución de cianuro de potasio.

A partir ese día, las amenazas a las empresas de alimentación se multiplicaron de forma inusitada. La carta final del principal o principales autores decía:

Hay muchos más idiotas que quieren copiarnos. […] Hemos decidido olvidarnos de seguir torturando compañías alimentarias. Si alguien chantajea cualquiera de las compañías alimentarias, no somos nosotros sino alguien que nos está copiando.

Teniendo en cuenta esta aparente tendencia a replicar crímenes inspirados por un incidente llamativo, ¿es posible que, en algún momento hace más de veinticuatro años, se produjera algo en Austria que hubiera podido incitar a dos individuos diferentes a cometer el mismo tipo de crimen?

Fijémonos en una de las amenazas del monstruo de Amstetten:

EP.- La Policía de Austria desveló ayer que Josef Fritzl, el austríaco que encerró a su hija durante 24 años y tuvo siete hijos con ella, amenazó con matar a sus víctimas inyectando gas en el sótano en el que les mantenía encerrados.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Amstetten acogió dos de los subcampos de Mauthausen-Gusen, uno de ellos, el campo femenino, muy cerca del pueblo. Josef Fritzl tenía entonces 10 años. Muchos de los habitantes locales trabajaron como guardias y algunos de los habitantes del pueblo son de hecho hijos ilegítimos. Es decir, los campos de concentración y las cámaras de gas eran algo que estaba muy presente en el lugar y año en el que se cometió el primer crimen. Si eso hubiera tenido alguna influencia consciente o subconsciente aquella primera vez, se podría creer que circunstancias similares habrían podido crear más «guardianes» movidos por el impulso de tener un dominio absoluto sobre otras vidas. Como dice el autor del artículo de The Guardian: ¿cuántos más de los 700 desaparecidos que hay en Austria podrían estar ahora mismo secuestrados en los sótanos?

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