Cuando escribí uno de mis primeros relatos, la idea de tener en casa vida sintética decorativa todavía (me) parecía deliciosamente futurista:
La puerta se deslizó a un lado y escuchó un ronroneo sibilante. Pudo entrever la figura de Byron, inclinado lastimosamente sobre una de sus queridas esculturas de vida. Vanessa las adoraba. Las dos que adornaban la sala de estar observaban con fascinación la luz de la lámpara; una agitaba sus pétalos de color naranja y la otra emitía leves silbidos incoherentes.
Bueno, pues eso ya va camino de acabarse. Y sólo han pasado ocho años.
