Perdón por el título demagógico.
Estaba leyendo un artículo breve en el LA Times sobre los premios Edgar Allan Poe de misterio y al ver a Chabon entre los nominados (también está nominado a los Premios Hugo) me acordé por asociación de ideas de un tema recurrente. Seguramente se lleva hablando de lo mismo desde el final de la New Wave, hacia mediados de los 70. Sin embargo, esta vez, a diferencia de las anteriores, la «crisis» del género tiene factores que se extienden fuera de sus límites.
Desde mi punto de vista, los títulos más potentes en la literatura especulativa de los últimos años han sido todos incursiones desde fuera: Nunca me abandones de Kazuo Ishiguro, La conjura contra América de Philip Roth, La carretera de Cormac McCarthy o El sindicato de Policía Yiddish de Michael Chabon. Comparad esa alineación con el equipo local: John Scalzi, Charles Stross, Ian McDonald, Robert J. Sawyer, Ken MacLeod, etc. En mi opinión (con una dosis considerable de ganas de polémica, por si alguien no lo había notado), el equipo local se llevaría un par de goles antes del descanso. No es que a los autores del mercado interior se les pueda achacar ningún gran defecto, los autores de hoy tienen bastante consciencia de las tramoyas básicas de una novela. Sin embargo, para mi gusto, adolecen de una carencia general de brillantez. Siempre que tomo uno de estos libros tengo la sensación de que los autores esperaban que el valor de la historia surgiera en la mente del lector (véase Neohistoricismo) sin haberle concedido un valor propio a la obra como un todo durante el proceso de creación.
Recuerdo una conversación entre autores y críticos en una lista de correo hace años, en la que una de las partes defendía a capa y a espada la imposibilidad de determinar el valor de la obra como si eso pudiera ser un credo al que se pudiera adscribir un escritor. Dejadme que me saque un término de la chistera. Lo que importa de una obra no es su valor exacto, si no su «valorabilidad». Para que una historia sea importante para el lector tiene que tener la capacidad de ser importante, y si tiene la capacidad de ser importante habrá debido demostrar primero esa capacidad en la mente del autor (si no, ¿para qué la escribe?). De ese modo, el lector, además de apreciar más o menos la obra desde su punto de vista, podrá percibir qué valor le concedía de forma sincera el autor. Gracias a eso, se puede establecer una complicidad entre ambos, una sincronía de valores, que es lo que neutraliza la infinita variabilidad de las impresiones subjetivas en la suficiente medida para que la obra pueda transmitir de una forma u otra su trascendencia. Fijaos cómo, a pesar de sus posturas radicalmente opuestas, prácticamente ningún movimiento crítico o literario del siglo XX ha rechazado la obra de Shakespeare o de Cervantes. Todos han encontrado su propia interpretación, y todos le han concedido algún valor, fuera por la forma, por el contenido o por los referentes sociales y culturales.
Precisamente por la variabilidad de los gustos y culturas, la obra tiene que ser importante como un todo, no marginalmente importante, o importante sólo en la parte especulativa. Imaginad que Poe hubiera decidido escribir «El cuervo» sólo porque le gustaban los cuervos, y hubiera intentado poneros los pelos de punta explicándoos las diferencias entre un cuervo común y un cuervo americano. Poe, en cambio, le concedía importancia a los símbolos, a la capacidad de inspirar terror, a la métrica del poema… de modo que no hay nada intrascendente, nada que parezca estar de relleno. Poe no dice «tengo una idea, voy a convertirla en una historia», sino «voy a contar una historia, que incluirá esta idea». Es lo que tienen los autores que han hecho incursiones en la literatura especulativa, y de lo que me parece que carece el «género especulativo» desde hace tanto tiempo que, en las circunstancias actuales, enfrentado por fin a una competición exigente (añadid a la literatura especulativa que ataca por un lado, los videojuegos y el cine que atacan por el otro), permite vaticinar tranquilamente la muerte de la especulación como género cerrado y ensimismado.









