Una de las últimas novedades en inglés en no-ficción es The Big Sort, un libro sobre la «balcanización» de las ideologías y las costumbres en los Estados Unidos. La reseña en el New York Times incluye un comentario interesante:
Los blogs y los feeds RSS ahora hacen fácil producir y habitar en un universo cultural cortado a la medida de tus valores sociales, tus preferencias musicales, tu punto de vista en cada una de las cuestiones políticas. […]
Esta separación en bloques solipsistas no sería quizá tan completa si la gente con diferentes puntos de vista o valores culturales al menos vivieran dentro de una distancia que les permitiera saludarse y se encontraran unos a otros en la calle o en la tienda de tanto en cuando. Pero, con frecuencia creciente, no viven así […] se han aglomerado en comunidades cada vez más homogéneas.
El otro día quise comentarlo en una conversación a través del IRC: cuando alguien se convierte en un myspacero, un facebookero, un twittero, un bloggero, etcétera, ¿se está poniendo en contacto con más gente o se está aislando de todos los que no forman parte de su comunidad?
Según la teoría del número de Dunbar, nuestro cerebro sólo es capaz de establecer vínculos con alrededor de unas 150 personas. Más allá de nuestro límite, los otros dejan de ser «personas» y se convierten en objetos, elementos del mobiliario urbano, cifras o conjuntos de palabras etiquetados con un nombre. Las redes sociales probablemente ayudan a alcanzar el límite, pero seguramente no lo extienden: cuanta más gente conoces, menos conoces a esa gente. Al final, puede que tu idea de esos conocidos se reduzca a un perfil somero en el que destacan sólo los rasgos más comunes. Tu mundo dentro de tu comunidad social se vuelve más homogéneo incluso de lo que es en realidad, pues cuanto menos sabes de tu vecino, más fácil es creer que piensa exactamente igual que tú.
En tus relaciones con el exterior de la comunidad sucede algo parecido. Cuando la comunidad se gana una «fama», los rasgos que se le atribuyen son aplicados de forma automática a todos sus miembros. Así es como te verán desde fuera antes de tomarse la molestia de conocerte un poco mejor. Por lo tanto, es posible que la integración en una red social que tiene más identidad (más «marca») que sus integrantes los desindividualice y los masifique hasta convertirlos en ligeras variantes de la misma plantilla.
El otro problema sería el cambio de actividad a pasividad en la construcción de tu red social. Cuando se le supone al sistema la capacidad de automatizar la construcción de vínculos sociales, la gente puede poner cada vez menos energía en crearlos por sí misma. Pese a ello, el número de Dunbar sigue siendo un techo infranqueable para las dimensiones de tu red personal. Tus 150 conocidos seguirán siendo la misma cantidad tanto si has hecho esfuerzo por conocerlos como si no. ¿Valdrá entonces lo mismo el vínculo con otra persona creado sólo por picar en un botón «Añadir a mis amigos» que el creado sin la intervención de ningún automatismo? ¿Y qué diversidad tendrá ese núcleo social? Si dedicas treinta segundos a conocer y crear un vínculo con otra persona, ¿quién tendrá más posibilidades de formar parte de tu red? ¿El tipo extraño y crepuscular que ni siquiera vota al mismo partido que tú, o el que tiene la misma lista de música favorita, visita las mismas páginas y critica las mismas cosas? Y la cuestión final es: ¿se puede considerar socialmente saludable que la gente se realimente de puntos de vista sólo dentro de un círculo estereotípico?









