Una de las grandes pegas que tienen los críticos intertextuales es que afilan sus dientes en el análisis de la literatura tradicional, lo que les da una falsa sensación de seguridad a la hora de afrontar el análisis de una obra moderna. Un crítico concentrado en deconstruir la obra en sus fragmentos originales busca todas las referencias e inspiraciones que haya podido reflejar el autor en su obra; cuando se trata por ejemplo de la obra de John Webster, representativa del teatro jacobeo, basta investigar en el entorno contemporáneo del autor y en el limitado afluente de obras clásicas, sobre todo griegas y romanas, que circulaban en la época.
Con ese entrenamiento, el crítico intertextual acudirá a la literatura actual intentando encontrar las referencias de un autor del siglo XXI y, a poco que el autor se salga del camino trillado, su crítica fallará miserablemente, resultando demasiado pobre y ambigua. Pues, ¿cómo se supone que un solo crítico vaya a ser capaz de rastrear todas las influencias posibles entre las virtualmente infinitas fuentes de que dispone el autor en la actualidad, salvo que este exhiba sin pudor ni alteración los fragmentos de los que proviene su obra?
¿Será eso en lo que consiste el posmodernismo? ¿La promoción de los autores que ayudan al crítico intertextual a superar la crisis de su modelo de interpretación?
