Una nota breve entre lecturas.
Para la crítica posmodernista, Moby Dick como alegoría sin un referente concreto y único (Herman Melville rechazaba explícitamente la visión de la novela como una alegoría), representa lo inexpugnable que es lo que escapa a la interpretación. Es decir, Moby Dick, la ballena, sería un símbolo «blanco» que no representa ninguna idea única, de ahí la obsesión fútil de Ahab por «cazarla», por fijarla con su arpón.
Sin embargo, Melville también dijo que «el hombre blanco civilizado es el animal más feroz sobre la faz de la Tierra». Melville no quería que se interpretara Moby Dick como una alegoría, porque Moby Dick no representa ningún concepto de alta filosofía ilustrado con un análogo (lo cual también excluye la etérea interpretación posmodernista), sino que es simple y llanamente lo que es: una bestia irracional. Melville, para quien la caza de ballenas no debía de tener nada de romántico ni de exótico, habiéndola practicado él mismo, en realidad debía de querer criticar la obsesión por convertir las fuerzas irracionales de la naturaleza en símbolos, en antagonistas monstruosos, en parábolas de la propia lucha interior.
Por lo tanto, transformar a Moby Dick en el arquetipo de una singularidad filosófica capaz de representar y a la vez eludir cualquier interpretación es como navegar en el mismo barco que Ahab, obsesionados por el valor alegórico de la ballena (como alegoría de lo inaprehensible). No es como si el posmodernismo nunca se hubiera quedado fatalmente embelesado ante obras hechas a golpe de irracionalidad.









