Hace unos días se levantó la polémica: la ministra de Igualdad española, Bibiana Aído, usó la palabra miembra como femenino de miembro:
El País.- Proferirla es una “estupidez”, una “sandez” y una muestra de “feminismo salvaje”, según Javier Marías, Fernando Savater y Juan Manuel de Prada.
La función de la Real Academia no es introducir nuevas palabras, como no lo es tampoco mantener la lengua en estado de criogenización. Si el uso de una palabra se extiende y asienta, aparecerá en el diccionario, como pasó con abogada, ministra o doctora. El español, igual que el resto de lenguas históricas, no es perfecto y por eso la flexibilidad es vital para que siga funcionando. En eso consiste esta campaña: en llenar la red de páginas, mensajes y comentarios que contengan la palabra «miembra». Pensé en proponer como objetivo superar las 40.400 páginas de la palabra intelectualoide, que sí figura en el diccionario, pero resulta que miembra es cuatro veces más común. Así que la meta pueden ser las 401.000 apariciones de «retrógrado». Los robots de Google rastrean la red a diario, así que se puede seguir el progreso de la campaña buscando miembra.
La distinción de masculino y femenino forma parte de la economía del lenguaje: si en una partida de póker hay dos jugadores y dos jugadoras, sólo diciendo «la jugadora» has reducido la ambigüedad a la mitad. El problema del español es que carece de morfema neutro distintivo: no puedes decir «les jugadores», «los jugadoros», «las jugadoras» para indicar respectivamente todos, los dos jugadores y las dos jugadoras. Así que, como hay que apechugar con lo que hay, lo mejor que podemos hacer es tratar de regularizar la flexión de los «neutros masculinos». No sólo le quitará al español parte de ese aire de lengua de macho-men, sino que ayudará a los estudiantes extranjeros.









