Leído en El País:
El filósofo Fernando Savater, el escritor Mario Mario Vargas Llosa y el director de teatro Albert Boadella, entre otros intelectuales, pidieron ayer que se modifique la Constitución para dejar claro el derecho de todos los españoles a estudiar o usar el castellano en todo el territorio nacional. Esta petición figura en el Manifiesto por una lengua común, presentado ayer en el Ateneo de Madrid.
Me da corte reconocer que desde hace años encuentro cargante a Fernando Savater, sobre todo porque sus ideas son razonables, pero no puedo ni con su estilo beligerante ni con su atracción fatal por los zarzales.
En este caso, por ejemplo, un profesional del conocimiento que fuese capaz de poner a un lado su agenda ideológica durante un rato se habría fijado antes de la dinámica sociolingüística que en el determinismo político. Las lenguas se imponen por uso, no por decreto. El español floreció gracias a la creación de una «herramienta» como la Escuela de Traductores de Toledo, que incrementó de forma extraordinaria la cantidad de cultura transmitida a través de esta lengua. Por aquel entonces la tradición institucional y religiosa era usar el latín como lengua vehicular, mientras que el español seguía siendo una lengua vernacular, del «vulgo». Si el método que defiende Savater se hubiera aplicado de forma coherente a lo largo de la historia, deberíamos estar hablando en la lengua de Virgilio y no en la de Cervantes.
El coste económico de cambiar la Constitución es muy alto en una democracia consolidada por un sistema bastante burocrático. Habría que convocar varios parlamentos extraordinarios y un referéndum, lo que supondría pagar millones de horas de trabajo, imprimir millones de papeletas y revisar miles de leyes y decretos. No es un precio exagerado comparado con el coste social que tiene una situación a-constitucional, pero tampoco se puede dilapidar para ponerle nombre a las nubes. Con ese presupuesto se puede fomentar el uso del español y promocionar las connotaciones positivas de la cultura en esta lengua de un modo que tendría más posibilidades de despertar simpatía en la población que la agresividad implícita de una pernada lingüística.
Ese es el problema que tengo con Savater. Que su discurso «anti-», pese a estar basado en buenos principios, refuerza la posición opuesta al pelearse con ella en su mismo terreno. Cuando dijo «el nacionalismo en general es imbecilizador», debería haber recordado aquello de: «No discutas con un tonto: te rebajará a su nivel y te derrotará por experiencia.»










El problema es el dineral que se está gastando desde hace décadas en promocionar lenguas minoritarias por el aquel de la cultura patria y demás. Vamos que el mal comenzó antes.
Son dos cuestiones diferentes. Reformar la Constitución no es la forma de reconducir los presupuestos. De hecho, daría pie a quienes quieren ver la Constitución como algo que se pueda cambiar más alegremente, por motivos bastante más radicales.