En general, los problemas de todo escritor al comenzar una historia se dividen entre dos posibilidades: la crisis del primer párrafo y la crisis del segundo párrafo.
La del primer párrafo es la normal y corriente. Cualquier autor que se pelee a menudo con las palabras se atascará en el primer párrafo igual que en cualquier otro. Primero tendrá que lidiar con la primera frase, que tiene que enganchar al lector pero sin sonar forzada. Luego luchará con el desarrollo de la idea inicial, que tiene que hacerse con equilibrio, y tendrá que cerrar la progresión con un último giro perfectamente cronometrado que complete el «golpe de ingenio».
Si, en cambio, tiene éxito en esa empresa, entonces es muy probable que sea víctima de la crisis del segundo párrafo: o cómo, después de haber convencido al lector de que va a leer una historia extraordinaria, no echarlo todo a perder de forma patética y desastrosa con una retórica torpe y una ridícula elección de ideas.
Si bien lo mismo se puede repetir en el tercer párrafo, en el cuarto, etcétera, para entonces el autor se encontrará en tal estado de crisis generalizada que ya no valdrá la pena que se preocupe de por qué lado en particular está haciendo aguas su historia.









