Manuel leía el Apocalipsis. Aunque yo no solía encontrarme en la iglesia a la hora de la misa, cuando tenía oportunidad de oír algún trozo parecía que Manuel siempre recitara el mismo pasaje: «Y clamó con gran voz a los cuatro ángeles, a los cuales era dado hacer daño a la tierra y a la mar. Diciendo: no hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que señalemos a los siervos de nuestro Dios en sus frentes. Y oí el número de los señalados: ciento cuarenta y cuatro mil», decía, con una voz temblorosa que, por mucho que se aclarara la garganta, se le subía a menudo de octava. Por las noches, mientras Luis hacía guardia en el campanario, Manuel se encerraba en un cuartito del edificio anexo a la iglesia y se quedaba desvelado, leyendo durante horas. Repasaba las obras de filósofos de todos los credos y épocas, buscando las respuestas que no encontraba en la fe. Pero, como le pasaba a don Quijote, las lecturas no hacían más que empeorar su mal. Mientras unas le conducían a un estado de melancolía lleno de suspiros y lamentos, otras le desquiciaban con sus dudas y obscuridades hasta hacerle quebrar el silencio de la noche con gritos y aullidos tremendos, casi inhumanos, cuando no se le oía discutiendo consigo mismo y con hombres que llevaban siglos muertos y, probablemente, digeridos por un ángel.
«El cielo de los ángeles» es una historia sobre un mundo devastado en el que los restos de la humanidad se enfrentan a criaturas capaces de devorar la conciencia, los «ángeles». Como en las ciudades que sufrían los bombardeos durante la II Guerra Mundial, los personajes viven con los ojos clavados en el cielo temiendo el día en que la muerte caiga de él. Sin embargo, pese a la desesperación, todavía hay esperanza en las generaciones que no echarán de menos todo lo que se perdió.
Este fue mi primer cuento deliberadamente slipstream y, aunque si lo escribiera hoy usaría más realismo y menos especulación, sigue siendo uno de mis favoritos. Lo escribí después de ver «El cielo sobre Berlín» de Wim Wenders y «El reino de fuego», aquella película de dragones que salían del subsuelo; de leer «Adiós a las armas» de Ernest Hemingway, una historia situada en la I Guerra Mundial y en los años posteriores; y de intercambiar un par de correos con Sergio Gaut vel Hartman sobre lo que él llamaba realismo conjetural y yo realismo especulativo. Una primera versión muy pobre, escrita en cuatro días y sin revisión, se publicó en la revista electrónica Axxon en el año 2005.










El final es deliberadamente abrupto. El resto de la historia carecía de importancia para el propósito de un relato.