Conocí a Lucy en Missouri, cerca de Saint Louis, el primer invierno después de los atentados. Allí es donde se desplegó mi unidad de las Fuerzas de Paz para llevar a cabo labores humanitarias. En realidad, durante aquella misión tuve que adentrarme en las vidas y las tragedias de mucha gente, pero el recuerdo de los ataques siempre fue una barrera infranqueable que los separaba de mí y los mantenía encerrados en su propio mundo, un mundo oscuro y extraño que yo no estaba preparado para comprender. Sin embargo, todo cambió cuando conocí a Lucy. Los recuerdos de Lucy estaban enterrados a tanta profundidad, invisibles como fantasmas, que al principio no se interpusieron entre nosotros. Quizá por eso nunca supe cómo rescatarla de aquel pasado asfixiante, nunca supe, ni siquiera durante aquel día de verano de 2032, en el parque Shiba de Tokio, qué era lo que debía hacer para salvarla del vacío hacia el que ese pasado la estaba arrastrando, antes de que se precipitara en él.










Una de las fuentes que inspiraron esta historia son los relatos de algunos de los supervivientes de Hiroshima. Pensé en escribir la historia de un soldado americano que se enamora de una superviviente japonesa, pero decidí darle la vuelta al argumento.