Un niño de entre 10 y 13 años ha hecho estallar esta mañana el cinturón de explosivos que llevaba en un atentado contra un responsable policial en Kirkuk, al norte de Bagdad, según fuentes de las fuerzas de seguridad. (Cadena SER)
Por desgracia, en medio de la cascada de información que nos envuelve esta clase de noticia quedará enterrada (en la fosa común de las atrocidades de una guerra) y olvidada por completo.
Y, sin embargo, es uno de esos hechos que deberían conmover (impactar) tanto como las imágenes del estudiante de Tiananmen o de la niña abrasada por el napalm en Vietnam. Tiene uno de los tres componentes imprescindibles: es terrible, casi incomprensible. Sólo fallan los otros dos: no hay imágenes del suceso y la víctima, el niño, no podrá despertar la suficiente compasión al ser él el actor (que no responsable) del atentado.
Esta es una guerra que debería de haber terminado en Abu-Graib. De nuevo había razones para conmover al mundo, pero la consciencia de gran parte de los norteamericanos siguió inalterada. Pese a las imágenes de las cárceles, las víctimas de nuevo no lograron ser compadecidas. Eran extraños, eran árabes, eran parte de esa amalgama oscura, informe y amenazante que existe más allá de los campos de maíz.
Quizá, y es lo más terrible, la imagen que hunda la mentira de Bush y de la invasión de Irak ante su propia gente esté aún por aparecer. Y, mientras tanto, las posibles candidatas seguirán desfilando por el camino del sufrimiento a la indiferencia.

