A estas alturas no hace falta presentar este clásico absoluto de Anthony Burguess. No sólo por lo clásico, sino porque es tan atemporal que cualquiera que lo haya leído —o haya visto la película— lo llevará grabado en la memoria.
Burguess renegó un tanto de la novela en el prólogo de 1986, por considerarla demasiado didáctica y en cierto modo autocensurada, por usar un lenguaje inventado para suavizar la violencia y la pornografía, (que no es tanta); ya se sabe cómo somos los autores, que vemos siempre más guapos y mejor educados a los hijos de otros. La naranja mecánica, sin embargo, tiene más trascendecia de la que el mismo Burguess le otorgaba en el prólogo: no es sólo un viaje de la energía sin norte de la juventud —que deriva en violencia— a una madurez constructiva, sino también una muestra espantosa de cómo un estado puede explotar la violencia irreflexiva y destructiva de la juventud en su propio beneficio.
Pero claro, una obra clásica no se sustenta sólo en las ideas. El lenguaje propio de “La naranja mecánica” es la virtud más llamativa; uno enseguida se acostumbra al significado de “joroschó”, “drugos” o “unodós-unodós”, y las palabras que de normal habrían sido ordinarias cobran un significado especial y propio sólo de “La naranja mecánica”, descontextualizándolas del “ruido” y las connotaciones que les damos por uso y abuso. La novela tiene muchas más virtudes, como el refinamiento con el que Álex, el protagonista, combina el lenguaje culto y el nadsat (adolescente) según conviene, o (de nuevo) la combinación de violencia y brutalidad con el refinamiento de la música clásica, en un todo indistinguible. Por no hablar de una trama construida con destreza de compositor, con el ascenso, caída y renacimiento de Álex contado con los tiempos bien calculados, sin paja ni cartón ni lagunas en el ritmo.
Así que esta novela es una obra clásica de la Literatura Universal. Y lo es con derecho propio. Y es ciencia ficción, aunque ciencia ficción social y cultural, porque el único invento es el método Ludovico y en realidad no es algo desconocido. Pero, como de momento las novelas se escriben para humanos, y no para robots, “La naranja mecánica” seguirá deleitando con su jugo a todos los que la lean como no harían mil aventuras espaciales.
Un mundo grasño y vonoso, realmente terrible, oh hermanos míos. Y por eso, un adiós de vuestro druguito. Y para todos los demás en esta historia, un profundo chumchum de música de labios: brrrrr. Y pueden besarme los charros. Pero vosotros, oh hermanos míos, recordad alguna vez a vuestro pequeño Álex que fue. Amén. Y toda esa cala.
