Los creadores, salvo excepciones, siempre han estado y estarán del lado del público. Esto significa a veces que han de seguirlo por caminos un poco tortuosos. Cuando, por ejemplo, el gusto del público se aleja demasiado de las tendencias del creador, que depende de su obra para su subsistencia, o cuando, como ahora, una parte significativa de ese público le pide disponer de acceso inmediato y gratuito a su obra.
Uno de los grandes problemas a los que se enfrentan los creadores es la dificultad de transmitirle a la gente la cantidad de trabajo, constancia, habilidad y experiencia que requiere crear una obra decente. La mayoría de esa gente a la que va destinada su obra, aunque haya hecho sus borradores y borrones, nunca ha escrito una novela o un guión, nunca ha dibujado un cómic de varios tomos, nunca ha filmado o fotografiado con una cámara profesional, nunca ha compuesto e interpretado una canción, nunca ha dirigido una película o nunca ha representado una obra de teatro. Sin embargo, todas esas actividades, bien hechas, requieren tantas horas semanales como haya disponibles. Cuantitativamente, la mayor parte de nuestra cultura es producida por creadores esporádicos o que se mantienen en el límite de subsistencia. El creador típico es vanidoso por naturaleza y sueña con gustar, con lograr la aprobación de la sociedad, con poder dedicarse en cuerpo y alma a pulir y ejercitar su talento. Él es el primero en prestar atención a los deseos de la gente e intentar seguirla hasta donde sea posible. Por eso resulta paradójico convertir a los creadores en el paradigma de la explotación capitalista (a partir del caso de unos pocos «afortunados») y, al mismo tiempo que se consume el producto de su trabajo de forma masiva, negar el valor del mismo. Lo cierto es que vivimos en un mundo adicto al ocio —no tanto a la cultura—, y se nos ha presentado una coyuntura en la que el consumismo del ocio no tiene nada que lo refrene. Los discos duros domésticos rebosan con miles de películas y decenas de miles de canciones que se atesoran con fruición sin que en muchos de los casos se produzca ni se vaya a producir ningún «intercambio». Los peores casos de leechers no producirán ninguna cultura a cambio de la cultura que reciben ni ningún ocio a cambio del ocio que reciben, pero cobrarán por su trabajo diario y pagarán fortunas a las grandes corporaciones tecnológicas para disponer de un ordenador, una conexión de banda ancha, discos duros de gran capacidad, grabadoras de discos compactos, móviles multimedia y dispositivos MP3, así hasta poner en duda el supuesto «ahorro» de usar material pirateado.
Los creadores, los que no son meros productos de márqueting —que para eso su talento es la creatividad—, se van adaptando y buscan alternativas acordes con lo que reclama el público, como resucitar la «voluntad» como forma de pago, ofrecer descargas gratuitas junto al producto comercial, pasarse a la escena independiente usando la red como escaparate y medio de distribución, etcétera. Sin embargo, las adaptaciones de los creadores probablemente no solucionan otro dilema: que parte del público ha dejado de percibir que el trabajo de los creadores merezca ninguna recompensa; incluso se dice que, desde el momento en que la crea, la obra deja de pertenecer al creador, pues todo lo que hace es un préstamo de lo que ha aprendido de otros y no puede reconocer ningún derecho sobre ella salvo el de que la autoría. Lo que algunos sectores le dicen al autor, en definitiva, es que crear cultura u ocio no es un trabajo, que no proporciona ningún valor a la sociedad y que, en consecuencia, leechear sin intercambiar es la forma correcta de consumir ocio y cultura.
Este planteamiento tiene un fallo fundamental. El público es en general la única fuente de financiación de los creadores. Eliminando ese recurso, la producción de la cultura, como ya sucede hasta cierto punto, quedaría solo en manos de los que tienen el tiempo, el dinero o los intereses suficientes para dedicarse a ello, es decir: las clases altas, las empresas y las facciones políticas, con el potencial de manipulación y de vulgarización del ciudadano que ello conlleva. Hace siete u ocho siglos, los únicos que podían permitirse producir cultura eran los monjes, que tenían todo el tiempo libre del mundo, eran terratenientes y recibían donaciones de los nobles y podían dedicarse a la tediosa tarea de fabricar, transcribir y traducir los libros. Quizá cualquiera del pueblo llano podría haber buscado los medios para aprender a leer y escribir, y haber fabricado y producido sus propios libros sin mucho gasto en materiales, si no fuera porque tenía que dedicar todo su tiempo disponible a producir de forma poco ingeniosa su propia comida.
Para las clases altas es beneficioso alentar la gratuidad de la creación, ya que gratuidad no equivale a libertad. Por eso Robert A. Heinlein escribió una vez “No existe el almuerzo gratis” (“There Ain’t No Such Thing As A Free Lunch”). Free en inglés significa tanto gratis como libre; en un mundo de plena igualdad no se puede conseguir algo gratis de forma masiva, sea mano de obra, energía u ocio, sin sacrificar alguna libertad. Alguien debe perder parte de su vida a cambio de nada para que otro pueda vivir más a cambio de nada, lo cual es una labor noble en un mundo con tantas desigualdades como el actual, pero sería ilógico como principio para un mundo perfecto.
Un tercer problema es la fuga de talento. Es natural que cualquier persona con talento quiera ejercitarlo, e incluso que necesite hacerlo por su propia salud mental. Si el oficio de creador se volviera muy inseguro, los futuros creadores elegirán otras especialidades y no se molestarán en adquirir la formación necesaria. Esto por fuerza llevaría a la extensión —más aún— de la mediocridad cultural. Por otro lado, la creación amateur, normalmente alentada solo por el deseo de entretenerse, no sólo afronta ahora los problemas usuales para producir calidad y cantidad, sino que además se ahoga en el anonimato de la multitud. Los amateurs tienen que elegir entre hacer algo que, salvo para los que «ganan la lotería», nadie va a consumir, o disfrutar de cualquier forma más inmediata y pasiva de entretenimiento. Hay que tener en cuenta que la mayor parte de los productores de ocio y cultura surgen entre los mismos consumidores de ocio y cultura, a menudo por el impulso de saciar su interés en ese mismo tema. En cuanto a la disponibilidad de cultura para saciar todo el tiempo libre de los futuros creadores, la situación no ha cambiado tanto: antes escuchaban la radio, veían el cine en la televisión o iban a la biblioteca, y ahora bajan mp3, ven el cine descargado y leen libros escaneados. Si las alternativas a crear son más fáciles y atractivas, y crear es más difícil y menos atractivo, es complicado no esperar una reducción de la producción y la calidad de la misma.
Liberar la cultura no es en absoluto imposible. Requiere, entre otras cosas, que los consumidores no tengan que emplear sus ahorros para ocio en pagar el hardware, que sus aportaciones se dirijan directamente a los creadores y que puedan implicarse como «promotores» en la producción del ocio y la cultura. Aunque en un sentido estrictamente económico la diferencia no sea radical, lo importante es que esté en manos del mayor número de gente decidir cuánto ocio y cultura se produce y cómo se produce. Una vez la sociedad realice la inversión suficiente para promover una creación, esta se podrá liberar sin que ello suponga un perjuicio para el creador.