La última ocasión en que leí un libro en la pantalla fue con Beowulf. El poema tiene más de tres mil versos y para interpretarlos correctamente hace falta tener a mano un buen comentario filológico. La lectura me llevó varias tardes y, tras ella, saqué dos conclusiones:
- era difícil permanecer inmerso en la historia sin que el brillo de la pantalla y la interfaz no disminuyeran la concentración;
- era muy práctico poder leer el libro teniendo a mano una fuente de consulta instantánea.
No sabría decir cuál fue el primer libro que leí en un ordenador personal, posiblemente The War of the Worlds de H. G. Wells o The Tempest de William Shakespeare. Pese a la incomodidad de mantener la vista fija en una superficie retroiluminada con calidades y tipografías tirando a discutibles, cuando acabo el libro, sea mejor o peor en sí, tengo la sensación positiva de haber aprovechado el texto de una forma diferente. El ordenador no proporciona ventajas tan importantes como para abandonar el libro impreso por el digital, pero sí que invita a pensar en él como opción.
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