
En un debate que tiene en vilo a millones de espectadores norteamericanos, uno no le da la espalda al primer candidato de ascendencia afroamericana de la historia y, después de haber advertido anteriormente que se trata de un individuo «ingenuo» y «peligroso», lo señala llamándolo «that one»:
Quizá dentro de la cabeza del senador McCain los afroamericanos aún son «that people».
Por lo demás, esta versión Made in USA del «Tengo una pregunta para usted» no fue más que una repetición del primer debate. Hay algunos que ya están celebrando la victoria a un mes de las elecciones, viendo que los republicanos llevan tres debates sin marcar en portería contraria. La verdad es que no parece que el dúo McCain-Palin dé para más.
Seguro que me entenderéis cuando digo que las siglas y las ideologías son un invento obsoleto. Recordad tan sólo la época en la que alcanzaron su clímax en España: la Guerra Civil. Las siglas son marcas que ocultan la realidad detrás de un símbolo, y las ideologías excusas para introducir bloques de pensamiento en la población. Para mucha gente no hay diferencia entre su apoyo a su equipo de fútbol y a su partido político. Si los hinchas se rigieran por los mismos principios que debería seguir un votante, tendrían que apoyar al equipo que mejor fútbol practica. Sin embargo, prefieren ser «fieles» a su equipo aunque su presidente sea un ladrón, sus jugadores unos golfos y sus resultados una calamidad. Aplicar la misma línea de pensamiento a unas elecciones democráticas tiene que ser del todo inaceptable.
En unas elecciones no deberían aparecer siglas ni se deberían identificar las ideologías. Las papeletas deberían presentar por una cara un sumario de principios y promesas fundamentales del partido y por la otra un sumario de críticas consensuado por los rivales. Nada más. Cabe esperar que la gente más propensa a votar por forofismo sea la menos propensa a memorizar el panfleto de su partido para reconocer la papeleta y votarla sin pensar. Cuando menos, el efecto de exponer al votante a lo que vota sería necesariamente saludable para la democracia.
(Y dicho esto, me voy a ver el España - Estados Unidos de baloncesto. ¡Vamos España!)
(Editado: 119-82, ¡ouch!)
Buenas noticias desde Zimbabwe, a falta de que Mugabe reconozca el resultado de las elecciones.
The New York Times.- “La compañía China ha decidido ya enviar los productos militares de vuelta a China en la misma embarcación, el An Yue Jiang”, dijo Jiang Yu, un portavoz del Ministerio de Exteriores[…]
La decisión de China de hacer que el barco diera media vuelta fue bien recibida por los trabajadores del muelle, sindicalistas, líderes religiosos, diplomáticos occidentales y trabajadores por los derechos humanos que han estado presionando para bloquear la entrega de las armas a Zimbabwe.
“Esta es una gran victoria para el movimiento sindicalista en particular y para la sociedad civil en general al plantarse y decir que no permitiremos que armas que pueden ser usadas para matar y malherir a nuestros compañeros trabajadores y zimbabuenses sean transportadas a través de Sudáfrica”, dijo Patrick Craven, portavoz para el Congreso de Sindicatos Sudafricanos, que representa a 1,9 millones de trabajadores
La conclusión: sin brazos y con información y compromiso no hay industria de la guerra posible.
Hoy, el día después de las elecciones, se pueden leer artículos y columnas lamentando el bipartidismo de un modo que parece insinuar tanto que la culpa es de la molicie o el exceso de pragmatismo de los votantes, como que es antinatural y democráticamente insalubre que se deje de votar a los partidos minoritarios de siempre.
Personalmente, no estoy nada de acuerdo con eso. La culpa de la acentuación del bipartidismo es, casi exclusivamente, de los mismos partidos que han perdido los votos. ¿En qué se han actualizado las propuestas de PNV, ERC o IU durante los últimos cuatro años? En poco. ¿Y durante los últimos treinta años? A la gente que como yo ni siquiera hemos vivido la Transición no nos pesan mucho las resonancias ideológicas del pasado o los réditos históricos. Por un lado, el independentismo tal como se concebía hace treinta años, en un mundo más geográfico y etnográfico que el actual, parece ahora un anacronismo. No es fácil inculcar en la gente de a pie la idea de fronteras rocosas cuando puedes cruzar la Península en media mañana y en la calle se hablan tantos idiomas como países de origen tiene la inmigración. Por otro lado, puedo garantizarle a quien me pregunte que no más de dos o tres jóvenes de cada cien sabe qué es Izquierda Unida. Es decir, aparte de que está más a la izquierda que el PSOE y que tiene algo que ver con el Partido Comunista, nadie salvo los veteranos parece saber decir muy bien qué planteamiento alternativo ofrece. ¿Por qué se supone, pues, que la gente debería seguir votando a partidos cuya raison d’être parece difuminarse entre las nieblas del pasado? Si votar a los dos partidos mayoritarios es (supuestamente) una actitud acomodaticia, ¿no lo es igualmente votar a partidos más pequeños que mantienen el mismo programa desde hace una generación?
Véase si no el caso de UPyD, el partido de Rosa Díez y Fernando Savater. Dos personajes con una idiosincrasia particular —que a mí no me atrae demasiado, pero que supone una novedad sobre lo anterior—, y con una posición extremadamente clara y actual: un centro o centro-izquierda que se opone a la negociación con ETA y a las concesiones a los nacionalismos. En solo cuatro meses han conseguido un escaño, que es la mitad de los que ahora tiene IU. Lo cual es un buen indicio de que la gente sí está dispuesta a considerar otras opciones, pero entendiéndose «otras opciones» por algo diferente a lo mismo de los últimos treinta años. ¿Tan difícil es ofrecer programas alternativos claros y actuales? Los que se lamenten hoy de haber perdido variedad en el Parlamento, podrían ir pensando en cómo echarle un poco de imaginación a las elecciones de dentro de cuatro años.
Solo son asesinos. Solo son psicópatas, enfermos profundos sin medicación que viven fuera de este mundo. Lo que hagan o dejen de hacer no importa nada para nuestra actividad democrática. Solo importan para la policía y los psiquiatras que deben trabajar para ponerlos fuera de circulación. El próximo domingo iremos a votar, como hemos ido desde que vivimos en libertad y concordia, y ningún asesino podrá cambiar eso.
Ensayo sobre la lucidez es un libro que se me hizo estilísticamente insufrible, pero que ilustraba un factor muy preocupante de las últimas democracias: la abstención mental de la gente ante la política y los procesos democráticos que aparecen como obscuros, caprichosos y desafectos a la voluntad de los votantes.
Frente a esta distopía, las últimas dos semanas en España han resultado ser —para los votantes— un inesperado ejercicio de entusiasmo democrático. Que en dos lunes consecutivos haya habido más de doce millones de personas siguiendo un debate político, cuando el mayor evento televisivo reciente —las carreras de Fórmula 1— solo cuentan con la mitad de audiencia, contradice de forma espectacular el temor que reconozco haber compartido de que en este país la gente se estuviese volviendo políticamente apática. El mayor logro de estos dos debates ha sido conseguir que, durante esta parte final de la campaña, la administración de nuestro futuro durante los próximos cuatro años haya ocupado la atención de todos y que se piense, se hable y se escriba sobre algo que es cualquier cosa menos intrascendente.
Nunca se puede poner demasiado énfasis en la importancia de participar. «Democracia» no significa «el pueblo elige», sino «el pueblo gobierna». Para que cualquier Manolo o Cristina o Ahmed ejerzan su papel de gobernantes hay que participar de la actividad política a lo largo de los cuatro años, poner parte en la «red social» cuya suma de voces es la que ayuda a ordenar las prioridades. Y para que la gente participe hay que llevar la política a las sobremesas y exponer a los políticos al juicio público. En esta última década los políticos españoles se han escondido de la gente detrás de sus asesores de imagen, sus discursos prefabricados y sus dictados en el púlpito del Parlamento. Sin embargo, lo que la democracia necesita para no convertirse en una farsa es política en acción, política que se construye ante los ojos de la gente y no política que se tiene que deconstruir para comprobar que no esconde nada podrido. Nadie quiere que la desconfianza y no el entusiasmo sea el día a día de su país.
Sentía curiosidad hoy por la parte estratégica del debate entre los candidatos a la Presidencia de España. No soy de los que ven la política como un combate de boxeo en el que pelea mi favorito —si algún día tuviera que ir a un combate de boxeo, me interesaría la parte antropológica del evento, no que un tipo musculado derrote por la fuerza a otro—. Como alguien educado con ayuda del ajedrez, intento imaginarme cómo es la preparación de un debate de estas características, aunque en algunos sentidos creo que peco de optimismo sobre su calidad técnica.
Lo que más me sorprende de estos cara a cara es que, por más que veo, nunca consigo encontrar uno en el que se opte por la exposición de un programa de futuro detallado. Al Presidente de una legislatura en curso se le puede excusar en parte por estar en disposición de ofrecer continuidad sobre las medidas demostradas en los cuatro años anteriores, pero los candidatos de oposición, en teoría, deberían estar interesados en contrapesar las medidas puestas en juego con las de su programa alternativo para convencer a los indecisos.
En nuestras democracias actuales los votantes se suelen polarizar y el elemento desequilibrante son los vaivenes de los indecisos. Los indecisos, más que gente que encuentra parecidas las ventajas de las distintas opciones, suelen ser gente poco convencida o desencantada sobre el valor de su voto en general.
En ocasiones, en vez de ofrecer motivaciones nuevas a los indecisos —como, por ejemplo, está haciendo Obama en los EEUU con su juventud y su apariencia inteligente pero dinámica—, la estrategia de oposición es minar la motivación que favoreció al partido gobernante. A ese movimiento en ajedrez se le llama intercambio de piezas. En el intercambio, matas una pieza defendida del adversario de valor teórico similar al de la tuya, reduciendo el número de piezas en el tablero y ganando ventaja de posición. En una estrategia política en la que se desmoviliza a los indecisos, el que gana es el que tiene menos posición que perder, es decir, generalmente la oposición.
Sin embargo, esto no es una fórmula magistral. Dejando aparte lo carente de ética que pueda ser, hay un momento para desmovilizar y otro para movilizar. En concreto, para lo primero hay cerca de cuatro años, y son especialmente importantes los primeros por estar todavía vivas las dudas de los indecisos sobre si habrán tomado la decisión correcta. Un partido al que, tras una oposición agresiva, sus análisis todavía le dicen que tiene más a ganar desmotivando que motivando, no ha llegado a la parte final del juego en una buena posición para seguir atacando, pues viene de una trayectoria de poco éxito en esa tarea.
En tal situación, la estrategia motivadora es más eficaz aunque en el punto óptimo parezca que granjea menos votos, ya que no ha sido desgastada durante la legislatura. Solo en el caso de un partido con estrategia constructiva, si llega a los últimos días con muchos indecisos motivados en la opción contraria, se puede entonces dejar de usar el estilo de promesas, que no ha funcionado y no funcionará, y utilizar una dialéctica agresiva.
Para que lo dicho resulte más diáfano, vuelvo a la analogía del boxeador. Cuando un combate a puntos se acerca al final, el que va perdiendo necesita conectar un gran golpe. Si ha estado atacando de forma directa durante toda la pelea y sólo ha ido recuperando un punto aquí y un punto allá, continuar así seguramente no le hará ganar suficientes puntos para vencer el combate. En vez de romper la defensa del rival, necesita distraerlo, o que le ataque a él, para que se descuide y le abra hueco a un gancho ganador.
Si ha estado luchando a la defensiva y no ha conseguido parar los golpes, entonces sí le conviene iniciar el intercambio. La ineficacia de su propia defensa no va a empeorar mucho, y quizá encuentre debilidades peores en la defensa del otro antes de que suene la campana.
Lo que he creído ver en el debate de hoy es lo que la oposición, de haber sido inteligente, debería haber evitado el error del primer caso. Cuando la distancia en las encuestas se redujo costosamente hasta un solo punto, esto no quería decir que la estrategia agresiva casi exhausta de los últimos años fuera a bastar de aquí a un mes. No necesitaban ganar un punto más antes de las elecciones: necesitaban ganar varios y que parte de ellos fueran sólidos antes de ir a las urnas. Por eso, después del debate, es difícil que los indecisos —pues el efecto en los votantes convencidos tiene un valor adicional muy escaso— se sientan impresionados por la alternativa. Una vez ha pasado el clímax del enfrentamiento cara a cara sin que se haya producido ningún golpe de giro, lo normal es que pierdan interés por la opción aspirante.