Viajemos en el tiempo.
Estás en el siglo XIX. Te llamas Ulises Washington y eres un esclavo africano. Trabajas de sol a sol en una plantación de algodón a cambio de un plato humilde de comida y un techo miserable bajo el que dormir. Hasta la última gota de tu sudor es explotada por tu amo y, aunque no se le conoce por sus métodos violentos, si dejas de cumplir con tu cuota te dejará sin techo, sin comida, y te amenazará con encerrarte en una cabina con candado hasta que cambies de actitud. Sin embargo, una vez al año, a cambio de un trabajo extra, como repintar la casa o limpiar el fondo del pozo, te permite comprarte un par de zapatos o un taco de tabaco para mascar. Como eres de carácter ingenuo, piensas que tu amo es amable y generoso, y no se te pasa por la cabeza que estés sufriendo unas condiciones de esclavitud.
Ahora estás de vuelta en el siglo XXI. Eres alguien que gana el salario mínimo. Trabajas todo lo que permite la ley, pero no puedes ahorrar nada. Vives en una casa de menos de setenta metros cuadrados, construida con materiales baratos, que sólo podrás poseer cuando ya se empiece a caer a pedazos. Todo lo que ganas se lo queda el banco, salvo lo justo para poner un plato humilde de comida en tu mesa. Si dejas de satisfacer tus cuotas, te quedarás sin techo, sin comida, y te amenazarán con encerrarte en una celda hasta que aprendas a respetar a los propietarios de tu trabajo. De tanto en cuando, haciendo horas extra, puedes permitirte salir de copas o comprarte unos zapatos.
Como eres de carácter ingenuo, piensas que los que se han adueñado de tu vida a cambio de permitirte acceder a tus derechos fundamentales son gente amable y generosa, y no se te pasa por la cabeza que estés sufriendo unas condiciones de esclavitud.

