Esta mañana cruzaba el pasillo con el té del desayuno, pensando en la utilidad práctica de los estudios, antes de sentarme y leer esta noticia:
El País.- Un título superior requiere años y esfuerzo para conseguirlo, y si la recompensa no merece la pena, probablemente no se estudie.
Lo que yo andaba pensando era por qué en España se inculca a los estudiantes a marcarse los exámenes y el título como la parte más importante del proceso, y por qué las materias de estudio se ajustan, retuercen y mutilan para encajarlas en unas proporciones examinables sin plantearse si ese «picar un poco de todo» no decrece la utilidad intrínseca del contenido.
En el fondo lo que se adquiere (o se debería adquirir) en una carrera no es un papelajo, si no el «saber-cómo». La carrera es un proceso de capacitación intelectual con fines prácticos: el objetivo no es producir un universitario con habilidad para resolver exámenes, sino con habilidad para resolver los problemas de su especialidad.

