Me consta que por aquí entran visitantes a quienes la literatura fantástica suena un poco a chino. Si os digo que se han dado ya a conocer los candidatos a los premios Xatafi-Cyberdark lo mismo podría hablar de la termodinámica en el ciclo vital de los gasterópodos. Así que esta mañana, mientras me rascaba las legañas, pensé que sería mejor hablar de linces.
Sin embargo, lo que quería decir es que siempre es una buena noticia que aumenten las formas de reconocimiento para este género narrativo tan peculiar. Lo de menos es el planteamiento y el alcance del premio. Esto a la mayor parte de la gente le dará igual, pues no tendrá una razón especial para prestar atención a lo que ocurre dentro de este microhábitat. Por eso, para darle en cierto modo la vuelta a la situación, pensé que podía ser una buena idea recurrir a la biología.
Como quizá sepáis, una de las formas de estimar la salud de un ecosistema es estudiar las especies más vulnerables a los cambios. Estas especies ocupan nichos muy específicos y su población suele ser muy reducida. Ese es el caso, por ejemplo, de los linces ibéricos. Cuando aumentó la presión sobre su hábitat de constructores, cazadores, infraestructuras, industria y en general toda esa maquinaria trituradora de la civilización, los linces ibéricos fueron de los primeros en resentirse. En su día quizá no pareció muy preocupante, pues para animal patrio y representativo del orgullo nacional ya teníamos el aguilucho, y para qué más. Hoy en día la preservación de especies como el lince ibérico es también una cuestión de imagen ante la Unión Europea y el resto del mundo —el mismo que nos señalará como culpables cuando el lince se extinga.
El caso es que la literatura fantástica (aquí y en casi todas partes) es uno de esos animales especiales que andan en el límite de la supervivencia. Precisamente porque es tan pequeño resulta tan revelador cuando lo tomamos como un indicativo de la salud cultural de un país. Cuando la cultura se extiende y enriquece crecen los grupos de población interesados en las expresiones alternativas. El cambio es más fácil de notar, igual que es más obvia la diferencia entre un año lluvioso y un año seco observando los ríos que no siempre llevan agua. Por otro lado, cuando la cultura se empobrece son estas pequeñas comunidades las primeras en resentirse, pues su pequeño ciclo de producción de contenido, noticias, actividades se mantiene (si es que lo hace) muy a duras penas.
La conclusión a la que quería llegar es que, incluso para alguien aficionado a la cultura que no siente un interés concreto por la literatura fantástica, cualquier signo de actividad (como el macguffin con el que he empezado a explicar esto), debería ser una información valiosa y un motivo de satisfacción. Para ello no es ni siquiera necesario poner un pie dentro del género.

