Más lecturas. Galápagos de Kurt Vonnegut es un paralelismo entre la supervivencia de las especies endémicas de esas islas con la de la humanidad tras un desastre que anula la fertilidad de la humanidad entera. Los futuros supervivientes son un grupo de gente común que huye de un Ecuador en guerra en un crucero desvalijado por los saqueadores. Entre ellos va el fantasma que narra la historia, muerto en la construcción del crucero y condenado por el fantasma de su padre (un escritor fracasado de ciencia ficción) a permanecer en el mundo durante un millón de años; y una mujer japonesa, embarazada, que dará a luz a una niña con el cuerpo cubierto de vello: el primer eslabón hacia la futura humanidad.
La novela tiene poca acción, pero a cambio retrata con detalle a los personajes, tanto su historia como las circunstancias que los han llevado a la situación que los llevará a Galápagos (en cierto modo, la mayor parte de la novela es como un primer acto muy alargado). Me recordó bastante a aquellas comedias en blanco y negro de los 60; en sí es una novela realista con un ligero toque especulativo, y no tiene nada que ver, pues, con la ciencia ficción popular. Ese realismo es sin embargo lo que le permite reflexionar de una forma mucho más útil sobre lo frágil que es la civilización, lo persistente que es la vida y lo vacías que están muchas de nuestras ambiciones. Por eso (porque ofrece mejor lo que tiene para ofrecer, y permite que muchos tipos de lectores accedan a ello) “Galápagos” es mucho más importante que un “Dune”, que un “El juego de Ender”… sea más o menos divertido de leer, tenga más o menos ideas asombrosas. Lo cierto es que Vonnegut coge una idea, una muy simple en realidad, y la despliega en una amable autopsia para que nos podamos hacer cargo de sus implicaciones.
De un realista paso a un autor que juega con los límites de lo real. En Tiempo de Marte, Philip K. Dick narra la historia de un Marte colonizado en decadencia (parecido a la vieja California) en el que una trama de especulación de terrenos, en tierras de los nativos marcianos, se funde con la de un técnico electrónico que cree haber superado ya un viejo episodio de esquizofrenia y la de un chico autista cuyas visiones del futuro están llenas de ruina. Philip K. Dick cuenta en cierta forma las mismas historias que un Asimov o un Heinlein, y pese a ello, si a estos los llaman Maestros a él lo llaman Genio. La clave es que Dick antepone la interpretación al hecho, en vez del hecho a la interpretación; así los personajes pasan por fuerza a un plano superior, ya que hay que pasar por dentro de sus cabezas para llegar a la historia. Y, gracias a ese viaje subjetivo, se vuelven mucho más auténticos, más empáticos, más de carne y hueso. Dick consigue hasta provocar ternura hacia seres extraños y alienígenas: es magnífica una escena en la que el protagonista encuentra a un grupo de nativos, que intentaba cruzar el desierto, al borde de la deshidratación. Es esa autenticidad (reforzada con conflictos personales, como los líos amorosos de los protagonistas, y con secundarios creíbles y variados) lo que hace que sus obras sean memorables, pese a no tener una estructura demasiado funcional.