De José Saramago había leído el recopilatorio Casi un objeto, que me impresionó mucho, y había intentado leer Manual de pintura y caligrafía, que resultó demasiado farragoso como para terminarlo en dos semanas, el plazo en el que tenía que leer los tres libros sacados cada quincena a préstamo de la biblioteca municipal antes de que dejara caducar el carnet. Desde entonces me había quedado el remordimiento de no saber si estaba ante un autor al que admirar o al que dejar para otros días; más aún siendo uno que camina por el borde de la ficción especulativa, siempre con algún “¿qué pasaría si?”, aunque sin el argumento científico que convierte esta clase de historias en ciencia ficción.
Ensayo sobre la lucidez, secuela de la archiconocida “Ensayo sobre la ceguera”, tiene como tema el qué pasaría si, en unas elecciones generales, los habitantes de la capital votaran masivamente y de forma espontánea en blanco. En ese sentido, el libro tiene un valor como reflexión extraordinario, más aún por cuanto, sin que Saramago lo pretendiera, se podría comparar, tanto por la parte de los ciudadanos como por la de los políticos, con lo que sucedió en España entre los funestos 11 y 14 de marzo del 2004. Por otro lado, la calidad formal es también altísima. El libro entero está escrito utilizando circunloquios muy bien construidos en vez de una narración directa y llana. La voz del autor irrumpe en ciertos momentos para colaborar en la interpretación de la historia, y abunda en referencias metaliterarias que a veces parecen convertir la obra en un tratado lingüístico.
Así que tenemos una obra magnífica en fondo y forma. ¿Es suficiente con eso? Pues no, falta ese otro pilar al que se le da tan poca importancia pero que cambia tanto la impresión final de una novela: el factor humano. Ensayo sobre la lucidez no es una novela emocionante, y me gustaría no tener que decirlo. Resulta, por el contrario, terriblemente monocorde. En cuanto a estructura y ritmo no hay ninguna concesión al lector: ni cambios de paso, ni variedad de recursos, ni apenas suspense; de tan académica la novela se convierte en aséptica. Por otro lado, los personajes ayudan poco a esa tarea. Se entiende que, como toque surrealista, los ciudadanos hayan votado en blanco sin saber en absoluto por qué, pero al mismo tiempo se convierten de ese modo en criaturas desapasionadas, en blanco. La caracterización de los políticos y sus decisiones tiene menos sustento porque, aun tratándose de una crítica paródica, no dejan de resultar casi demasiado absurdos. Esa crítica pierde peso cuando se nota tanto que los personajes son forzados por el autor a cometer actos que no tienen sentido.
Resumiendo, y siempre con la prudencia que corresponde al hablar de todo un premio Nobel, “Ensayo sobre la lucidez” quizá sea una gran obra que no termina de funcionar. Desde un punto de vista forense tiene muchas cosas disfrutables pero, al mismo tiempo, es monótona como novela y más bien poco sólida como ensayo. Es una pena porque el argumento es realmente interesante; creo que habría dado más de sí si Saramago hubiera puesto más peso en una u otra dirección, y no parece en cualquier caso que emplear un tono tan uniforme le haya aportado más riqueza y profundidad a lo que trata de contar.
Después de esta lectura, me ha quedado la duda inevitable de hasta qué punto se puede valorar el recurso meramente estético en la calidad formal de la obra. Igual que no se prepara una tarta sólo con guindas, el ritmo, la caracterización y la estructura no se pueden obviar por mucho que no resulten tan visibles. En último término, son también recursos formales. Si una obra tiene defectos o carencias en esos aspectos, sin dejar de ser estéticamente impecable, ¿no habría tal vez que considerarla formalmente defectuosa? Por otro lado, no se puede esperar que todas las grandes obras sean obras “completas”, como no tiene el arte abstracto más que unos pocos elementos de lo que es una experiencia visual. En ese sentido, cada aspecto parcial de la literatura tendrá sus grandes obras. Pero, aun así, habría que reservar un espacio propio para las que reúnen un gran número de aspectos logrados, lo que, en definitiva, las convertiría en obras universales.
Quizá dicho así es más fácil de explicar. “Ensayo sobre la lucidez” es una grandísima obra en varios sentidos, pero no es una obra realmente universal. Cuando menos, no creo que sea la lectura más apropiada para lectores que no tengan una gran paciencia y mucha constancia, ya que pueden acabar desistiendo antes de llegar al final.