En aguas del Estrecho de Gibraltar, más allá de oscuridad salpicada de luces de la costa de Marruecos, lo primero que impresionó a Ahmed fue descubrir lo tenebrosa que podía ser la orilla española durante la noche. Conforme avanzaban en la patrullera, el aura dorada que envolvía Algeciras crecía entre la niebla y se extendía como un incendio sobre la línea de la costa, recortando las extrañas siluetas de los edificios. Los viejos hoteles y rascacielos de la era del boom inmobiliario se podían ver desde la distancia, sin ventanas, ennegrecidos por el hollín, con plásticos y telas flameando al viento y los muros cubiertos de crudos grafitos. La hierba marítima había crecido en las superficies donde se había acumulado el polvo del desierto. Aquí y allá danzaban los reflejos y las columnas de humo de las hogueras, que predominaban sobre el brillo de las esporádicas y vacilantes luces eléctricas; los aerogeneradores que habían sobrevivido a la crisis seguían moviendo sus aspas herrumbrosas y produciendo energía a pesar de la falta de mantenimiento.

