Cuando “2046” se estrenó en España fui dejándola para otro día hasta que, cuando quise verla, me di cuenta de que ya no estaba en las carteleras. Así que me quedé con las ganas de saber cómo era esta película de la que había oído cosas bastante interesantes.
El otro día, a la salida de “Piratas del Caribe”, pasé por la no muy notablemente surtida sección de cine del Fnac y la encontré en la estantería rebajada a once euros, así que la pillé no sin el resquemor que me quedó después de comprar “Tan lejos, tan cerca”, la pobrísima continuación de Wenders a la soberbia “El cielo sobre Berlín”.
Tenía a “2046” por una película de ciencia ficción, cuando en realidad no lo es. Es la historia de un escritor que arruina su presente confiando en seguir aferrado a un pasado que ya ha perdido. La ciencia ficción del relato que el protagonista escribe, sobre un futuro en el que la gente toma un tren al año 2046, donde nada cambia, es pues una herramienta y no un condicionante para el argumento, lo cual demuestra que la ficción futurista no estorba en absoluto en una historia profunda y seria.
La película, que es la secuela de “Days of being wild” y “Deseando amar” del mismo director, Wong Kar-wai, tiene un ritmo muy pausado —quizá demasiado—, la narración es casi más literaria que cinematográfica y la trama desordenada obliga a seguirla con atención. Visualmente es impresionante (infinitamente superior a “Blade Runner”, puestos a comparar), y no lo digo por las secuencias digitales. Las actuaciones además son extraordinarias y en conjunto “2046” deja una huella en cualquiera que disfrute de este tipo de películas. Aunque para un aficionado a lo popular (tenga o no que ver con la ciencia ficción) puede resultar insufrible, para otros puede ser incluso una experiencia desintoxicadora.~ · ~
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