Hoy he leído una frase genial del escritor de misterio Leonardo Sciascia:
«Un hombre que muere de forma trágica es, en todo momento de su vida, un hombre que morirá de forma trágica.»
Los escritores somos tramposos. Cuando sabemos que un personaje va a sufrir un cierto desenlace, no lo llevamos por la historia mirando para otro lado. Al contrario, escarbamos todos los detalles de su historia y su psicología para encontrar esos indicios que, aunque en principio sean sutiles, convierten el desenlace en una conclusión lógica.
En unos casos, el lector dirá «Se veía venir». En ese caso el impacto del personaje trágico no es tanto su desenlace como la alteración y el caos que crea en su viaje fatídico. Sabemos que su destino está sellado, pero no el de los personajes a los que conmociona o arrastra como una fuerza elemental en su camino.
En otros, el lector dirá «No lo esperaba, pero tiene sentido». El personaje es entonces como la casa de madera en la que suenan ruidos de termitas noche tras noche hasta que, el día que se derrumba, comprendemos de repente lo que significaban esos ruidos.
De vez en cuando, el autor puede darle un fin trágico a un personaje de forma arbitraria, sin precedentes. Puede ser el típico «camisa roja», el personaje secundario sin historia que muere únicamente para representar lo peligrosa que es la situación. Pero, ¿qué hay cuando muere un personaje con historia? En tal caso, la tragedia está en los demás personajes. Los conocidos de un individuo que muere de forma trágica son en todo momento los conocidos de alguien que va a morir de forma trágica.

