No importa que los EEUU se empeñen en convertir su prestigio y el orgullo de su gente en humo. El ecologismo es rentable, no sólo por aumentar la eficiencia sino por muchísimos valores intangibles.
La clave está en que, cuando el ya inevitable cambio climático y la reducción de los recursos energéticos por la escasez de petroleo compliquen la situación mundial, los países de Kyoto estarán mucho más preparados que los que sigan anclados en una economía mastodóntica del siglo XX. Según se podía leer hace pocos días en El País, durante la pasada ola de frío los generadores eólicos cubrieron el 16% de la demanda energética de España: el equivalente de seis generadores nucleares. En resumen:
Coste en contaminación y gestión de residuos: 0.
Déficit por importación de materias primas: 0.
Afortunadamente, gracias a las subvenciones y las condiciones climáticas de nuestro país, tenemos el orgullo de ser los segundos en producción de energía eólica, sólo por detrás de Alemania, y por delante de los EEUU, y a pesar de nuestra terrible orografía y el aislamiento de nuestra red eléctrica (también somos uno de los países europeos que, pese a todo, menos avances ha hecho en la reducción de las emisiones contaminantes).
Habrá aún quien se tome las fuentes de energía alternativas a risa. Pues en el fondo sólo hace falta cambiar de punto de vista: esos parques eólicos son el equivalente de tener pozos petrolíferos, depósitos de gas o minas de uranio. Con la ventaja añadida, por cierto, de que no es tan fácil especular con ellos ni son (aún) una fuente de tensiones políticas.
Dando por hecho que la invasión de Irak fuese por garantizar la explotación de sus recursos petrolíferos, sería un hecho significativo, por cuanto demostraría la intención de los EEUU de prolongar la supervivencia de su anticuada estrategia energética. Hecho que se añade a su renuncia a firmar el Protocolo de Kyoto y que invita a pensar en la enorme hipoteca que heredarán las generaciones futuras de ese país cuando deba afrontar el cambio por la fuerza de las circunstancias.
Tal vez sea un síntoma común de todos los imperios. En el siglo XVI, la industria española estaba tremendamente anticuada y la economía se basaba sólo en cambiar el oro de América por importaciones; hoy en día todavía tratamos de superar ese desfase con Europa, después de que el imperio español cayera en la ruina. Otro tanto ocurrió con la monolítica URSS: una superpotencia levantada sobre una estructura económica que apenas salía del feudalismo. Ahora sólo es una Rusia gris que se aferra todavía a su posición entre las demás potencias gracias a las armas nucleares y la tecnología militar (anticuada, pero no tanto como para no ser útil para los genocidas del tercer mundo).
No es que el futuro de EEUU vaya a ser tan apocalíptico, pero las reservas de petróleo tienen los días contados. Y, cuando los pozos se sequen, las viejas redes de influencia y de poder se convertirán en papel mojado. Por fuerza, el equilibrio mundial se desplazará hasta nuevas posiciones… y en ese baile, puede que los países anclados en el pasado acaben perdiendo su silla.

