A veces echo de menos que Philip K. Dick no diera a su obra un carácter más literario; que no encontrara el tiempo para profundizar en los conflictos de sus personajes, que no añadiera reflexiones de mayor alcance a esos juegos de espejos, que no buscara con más esmero el detalle realista dentro de sus mundos desquiciados… Sobre todo ahora que muchas de sus historias se han abierto camino gracias al cine hasta el público general. Que Kubrick filmara su versión de “La naranja mecánica” o Truffaut de “Fahrenheit 451″ fue una bendición para que esas obras tan inolvidables entraran a formar parte de la cultura universal.
Si hay un libro dentro de su producción como autor de ciencia ficción (porque, en este sentido, habría que tener en cuenta sus novelas realistas) que se acerque más que el resto a ese objetivo, bien podría ser “Ubik”. Todavía tiene momentos menores —como el estallido de una bomba y la huída en nave, que bordea el tópico—, pero Dick se supera a sí mismo en la construcción de una atmósfera surrealista, en la creación de personajes que actúan con la determinación de fuerzas elementales, como en la secuencia de Pat Conley torturando a Joe mientras asciende las escaleras, impulsado por una necesidad imperiosa y envejeciendo por el camino. Como dice el mismo protagonista:
“It strikes me,” Joe said, “that what we appear to be faced with is a malignant rather than a purposeful force”.
También logra un efecto extraordinario al llevar la acción a escenarios reconocibles, y añade aún más vértigo y fascinación a la trama al introducirla en una regresión temporal ilustrada de forma muy hábil mediante objetos de uso cotidiano (el mismo recurso, el del objeto cotidiano como alienante, aparece en “Farhenheit 451″ con el “dentífrico Denham”), y resaltada además por las apariciones del omnipresente “Ubik”. Uno de los eternos defectos de la narrativa especulativa es su ingenuidad al escoger los rasgos distintivos de una realidad cualquiera. De haberle preguntado a un autor de los 80 cuáles serían los avances que marcarían la realidad del año 2000, habría hablado de robots, naves, implantes cibernéticos… y no del disco compacto, el móvil o una red de uso popular.
Pero, por encima de lo dicho, hay que destacar el tema central del libro: la irrealidad de la vida y la muerte. Con esa maestría innata de este autor para ocultar la clave de la historia hasta el final, consigue aquí engañar al lector convirtiendo la realidad en un efecto óptico, invitándole a creer que existe una voluntad responsable detrás de cada suceso ilógico. Al hacerlo así es más fácil preguntarse, tras leer el libro, hasta qué punto podemos engañarnos buscando una justificación para aquello que contradice el sentido común, así como al tomar lo que parece natural como la realidad auténtica e indudable. Es este argumento tan fundamental, junto con una conjunción bastante feliz de aciertos, lo que hace que “Ubik” sea una novela de ciencia ficción importante, ya no un mero entretenimiento y, como decía, quizá la vez en que Philip K. Dick estuvo más cerca de colocar una obra de ciencia ficción dentro de la literatura universal.
