Sentía curiosidad hoy por la parte estratégica del debate entre los candidatos a la Presidencia de España. No soy de los que ven la política como un combate de boxeo en el que pelea mi favorito —si algún día tuviera que ir a un combate de boxeo, me interesaría la parte antropológica del evento, no que un tipo musculado derrote por la fuerza a otro—. Como alguien educado con ayuda del ajedrez, intento imaginarme cómo es la preparación de un debate de estas características, aunque en algunos sentidos creo que peco de optimismo sobre su calidad técnica.
Lo que más me sorprende de estos cara a cara es que, por más que veo, nunca consigo encontrar uno en el que se opte por la exposición de un programa de futuro detallado. Al Presidente de una legislatura en curso se le puede excusar en parte por estar en disposición de ofrecer continuidad sobre las medidas demostradas en los cuatro años anteriores, pero los candidatos de oposición, en teoría, deberían estar interesados en contrapesar las medidas puestas en juego con las de su programa alternativo para convencer a los indecisos.
Sobre los indecisos
En nuestras democracias actuales los votantes se suelen polarizar y el elemento desequilibrante son los vaivenes de los indecisos. Los indecisos, más que gente que encuentra parecidas las ventajas de las distintas opciones, suelen ser gente poco convencida o desencantada sobre el valor de su voto en general.
En ocasiones, en vez de ofrecer motivaciones nuevas a los indecisos —como, por ejemplo, está haciendo Obama en los EEUU con su juventud y su apariencia inteligente pero dinámica—, la estrategia de oposición es minar la motivación que favoreció al partido gobernante. A ese movimiento en ajedrez se le llama intercambio de piezas. En el intercambio, matas una pieza defendida del adversario de valor teórico similar al de la tuya, reduciendo el número de piezas en el tablero y ganando ventaja de posición. En una estrategia política en la que se desmoviliza a los indecisos, el que gana es el que tiene menos posición que perder, es decir, generalmente la oposición.
El tiempo adecuado para desmotivar
Sin embargo, esto no es una fórmula magistral. Dejando aparte lo carente de ética que pueda ser, hay un momento para desmovilizar y otro para movilizar. En concreto, para lo primero hay cerca de cuatro años, y son especialmente importantes los primeros por estar todavía vivas las dudas de los indecisos sobre si habrán tomado la decisión correcta. Un partido al que, tras una oposición agresiva, sus análisis todavía le dicen que tiene más a ganar desmotivando que motivando, no ha llegado a la parte final del juego en una buena posición para seguir atacando, pues viene de una trayectoria de poco éxito en esa tarea.
En tal situación, la estrategia motivadora es más eficaz aunque en el punto óptimo parezca que granjea menos votos, ya que no ha sido desgastada durante la legislatura. Solo en el caso de un partido con estrategia constructiva, si llega a los últimos días con muchos indecisos motivados en la opción contraria, se puede entonces dejar de usar el estilo de promesas, que no ha funcionado y no funcionará, y utilizar una dialéctica agresiva.
Los boxeadores políticos
Para que lo dicho resulte más diáfano, vuelvo a la analogía del boxeador. Cuando un combate a puntos se acerca al final, el que va perdiendo necesita conectar un gran golpe. Si ha estado atacando de forma directa durante toda la pelea y sólo ha ido recuperando un punto aquí y un punto allá, continuar así seguramente no le hará ganar suficientes puntos para vencer el combate. En vez de romper la defensa del rival, necesita distraerlo, o que le ataque a él, para que se descuide y le abra hueco a un gancho ganador.
Si ha estado luchando a la defensiva y no ha conseguido parar los golpes, entonces sí le conviene iniciar el intercambio. La ineficacia de su propia defensa no va a empeorar mucho, y quizá encuentre debilidades peores en la defensa del otro antes de que suene la campana.
Lo que he creído ver en el debate de hoy es lo que la oposición, de haber sido inteligente, debería haber evitado el error del primer caso. Cuando la distancia en las encuestas se redujo costosamente hasta un solo punto, esto no quería decir que la estrategia agresiva casi exhausta de los últimos años fuera a bastar de aquí a un mes. No necesitaban ganar un punto más antes de las elecciones: necesitaban ganar varios y que parte de ellos fueran sólidos antes de ir a las urnas. Por eso, después del debate, es difícil que los indecisos —pues el efecto en los votantes convencidos tiene un valor adicional muy escaso— se sientan impresionados por la alternativa. Una vez ha pasado el clímax del enfrentamiento cara a cara sin que se haya producido ningún golpe de giro, lo normal es que pierdan interés por la opción aspirante.