Alfredo Carpente-Patterson tuvo la desdicha de ser el primer marciano muerto por causas no naturales, terminando así con una buena racha que había durado treinta años. Esa era de hecho su edad cuando entró de forma inesperada en el repertorio legendario de su nación. Ciertamente, Alfredo era un hombre que había venido al mundo bajo el signo de la mala suerte. Por un solo mes de diferencia, había perdido la ocasión de ser el primer humano nacido en Marte. No se puede decir con seguridad, y no sería justo hacerlo, que no hubiera estado a la altura de la fama, pues este es uno de esos casos en los que la posición del individuo resulta crucial para la formación del carácter. Por cruel que pueda ser el retrato de la historia, no debemos olvidar que aquel hombre que erró más que anduvo sobre el planeta rojo podría haber sido un personaje diferente de haber venido al mundo sólo treinta días antes. Incluso él mismo, de forma instintiva, parecía ser consciente de esta circunstancia, ya que siempre tuvo la convicción de que había sido víctima de una injusticia universal.
«El héroe de Marte» es una exploración de la forja de los héroes culturales como John Smith de Jamestown, de la mentalidad, fracaso y mitificación de los grupos pioneros como el del Mayflower, de la figura del antihéroe quijotesco, de los conflictos generacionales entre la gente capacitada y su descendencia y de los defectos de la reinterpretación histórica interesada, todo esto con el paisaje marciano como escenario.
Pese al estilo «pre-pop», se trata de un relato muy experimental, en el sentido de que en él se exprimen los recursos de la retórica literaria y, al mismo tiempo, se elaboran argumentos de ciencias sociales (historia, psicología, sociología, crítica literaria) y se hace referencia a las ciencias duras para respaldar el contexto; lo que implica que todo lector que tenga preferencia por alguno de esos temas lo encontrará en parte reconocible y en parte misteriosamente «anómalo». Igual que en «El meteoro verde», está escrito en forma de crónica histórica y está basado en datos y conocimientos reales, por lo que, aunque sea literatura especulativa en su más pura esencia, no contiene ninguna “pistola de rayos”, por decirlo así. Además de lo dicho arriba, también hace referencia al estilo de vida de los trabajadores de carretera y a los estereotipos de la Fiebre del Oro (y del petróleo).
Aun teniendo una trama muy simple, es uno de los relatos más complejos y elaborados que he escrito y, hasta donde sé, que no es mucho, es un tipo de literatura especulativa que nadie está utilizando en este momento, aunque sólo sea por la combinación entre la escasez de autores post-posmodernistas y la cacareada extinción de la literatura sobre la exploración espacial. Estoy en cierto modo orgulloso del equilibrio conseguido entre ciencia y humanidades, porque para encontrar ese límite he estado experimentando durante cuatro años por el método de artillería (un tiro largo, un tiro corto, un tiro medio). Como debería saber cualquier autor de literatura especulativa, existe una proporción a partir de la cual el contenido “factual” degrada la armonía artística de una obra. Si al reducir la cantidad de información en un pasaje se incrementa su legibilidad sin alterar el sentido, entonces ese pasaje se encontraba por encima del límite. Si algún día os enseño el borrador de este cuento (cosa que dudo, salvo que empleéis algún metodo de tortura particularmente cruel), veréis que de hecho acabé eliminando porciones sustanciales de texto para lograr esa armonía.
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